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21 jun. 2017

12º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A.

LECTIO DIVINA DEL 12º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A.
25 de junio de 2017.
Jeremías 20, 10-13; Romanos 5,12-15; San Mateo  10, 26-33.

“Ninguno de ustedes piense en la muerte sino en la inmortalidad;
no en el sufrimiento pasajero, sino en la gloria sin fin”
(San Cipriano)

Oración inicial:
“Fortalece nuestra fe de discípulos siempre atentos a tu voz de Buen Pastor. Envíanos como tus alegres misioneros, para que nuestros pueblos, en ti adoren al Padre, por el Espíritu Santo”
(De la oración de la Misión Continental pedida por Aparecida)

LECTURA.

Leemos los siguientes textos: Jeremías 20, 10-13; Romanos 5,12-15; San Mateo  10, 26-33.

Claves de lectura:

1. (Evangelio) “No tengan miedo”.
Tres veces aparece en el evangelio de hoy el «No tengan miedo», y una vez se añade aquello de lo que realmente hay que tener miedo. No hay que tener miedo de todo lo que acontece en el espíritu de la misión de Jesús. En primer lugar los apóstoles no han de tener miedo a pregonar abiertamente desde las «azoteas» lo que el Señor les ha «dicho al oído», porque eso está destinado a ser conocido por el mundo entero y nada ni nadie impedirá que se conozca. Naturalmente el predicador se pone con ello en peligro; es como oveja en medio de lobos, tiene que contar con el martirio a causa de su predicación. Pero tampoco en ese caso debe tener miedo, pues sus enemigos no pueden matar su alma. En realidad sólo habría que temer al que puede destruir con fuego alma y cuerpo; pero esto no sucederá si el discípulo permanece fiel a su misión. Y en tercer lugar el apóstol cristiano no debe tener miedo porque en las manos del Padre está mucho más seguro de lo que él cree: el Padre, que se ocupa hasta de los animales más pequeños y del cabello más insignificante, se preocupa infinitamente más de sus hijos. Jesús habla aquí de «su Padre». Pero el contexto indica claramente que el hombre está seguro en tanto en cuanto cumple su misión cristiana, aunque externamente pueda parecer un tanto temerario.

2. (1ª Lectura) La amenaza.
Jeremías expresa en la primera lectura la medida de la amenaza. Se delibera con cuchicheos cómo se le podría denunciar. La peor venganza sería que el profeta se dejará seducir por una palabra imprudente, y entonces se le podría detener. Sus amigos más íntimos están entre sus adversarios, aunque en realidad hay «pavor por todas partes». Esta situación puede llegar a ser también la del cristiano, en cuyo caso éste tendrá que recordar el triple «No tengáis miedo» de Jesús. El profeta sabe que está seguro en medio del terror: el Señor está con él «como fuerte soldado»; «le ha encomendado su causa», y esto le basta para estar seguro de que él, el «pobre», el indefenso, escapará de las manos de los impíos. Su seguridad se expresa negativamente, con fórmulas típicamente veterotestamentarias: sus enemigos «tropezarán», «no podrán con él», «se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno». Pero en la Nueva Alianza el terror llega hasta la cruz; el canto de victoria, que Jeremías entona al final, es ahora Pascua y la Ascensión.

3. (2ª Lectura) La confianza.
De ahí saca Pablo, en la segunda lectura, su confianza inaudita. Por un lado no sólo hay algunos enemigos personales, sino que está el mundo entero, sometido todo él al pecado y con ello a la muerte lejos de Dios. Correlativamente, su canto de victoria adquiere dimensiones cósmicas. Por la acción redentora de Jesús, la gracia ha conseguido definitivamente la supremacía sobre el pecado y sus consecuencias, y con ello también la esperanza ha conseguido su victoria sobre el temor. También Pablo experimentará más de una vez el mismo sentimiento de abandono que experimentó Jeremías (2 Co 1,8-9; 2 Tm 4,9-16). Pero, como el profeta, añade: «El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas... Me librará de toda acción malvada» (2 Tm 4,17-18). Y sabe aún más: que sus sufrimientos son incorporados a los del Redentor y reciben en ellos una significación salvífica para su comunidad.

(Aporte de HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA,
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 84 s.)

MEDITACIÓN.

En Pentecostés, el primero de los frutos del Espíritu, fue la fortaleza: los apóstoles, hombres atemorizados después de «lo que sucedió», osan salir a la calle y proclamar la salvación. No obstante, la persecución se hará presente enseguida. El Espíritu, según la promesa de Jesús, les dará palabras y coraje ante los enemigos.
La valentía es parte integrante del testimonio cristiano. El único temor que cabe es el de perder a Dios, no el ser privado de la vida de este mundo. El don de la gracia de Cristo es abundante y capacita para dar frutos de santidad.

Valentía.
Jeremías, un profeta de espíritu muy delicado, conoció una época tan turbulenta que vivió interiormente crucificado. El cuchicheo fue duro y las acechanzas constantes. No obstante, pudo poner contrapeso a favor de la ecuanimidad interna. El Señor estaba con él, se sentía acompañado de un poderoso guardaespaldas. El tropiezo y el sonrojo son para los que pretenden destrozarle y relegarle. El vidente encomienda la suerte de su vida a Dios; este Abogado es quien lleva su causa y quien gana todos los pleitos.
Jesús exhorta a sus apóstoles a no temer a los hombres. Deben ser pregoneros de su evangelio en pleno día. El temor lo infunde ya la idea de pensar que uno puede perder a Dios y, por tanto, llegar a la máxima frustración. El cristiano no está moviéndose encima de una cuerda sin red debajo, sino que tiene la máxima seguridad en sus movimientos. Porque Dios cuida íntimamente de él. Es Padre que se ocupa de todo lo que precisan sus hijos. Si tiene un cuidado especial de los gorriones, ¿cómo dejará sin atención a unos que han sido hechos por Él mismo a su imagen y semejanza? Cristo será nuestro valedor a la hora del juicio si ahora sabemos serlo de Él.
Examine cada uno sus temores en relación con el testimonio cristiano. Considere qué le mueve en su obrar ¿la prudencia de la carne o la prudencia de quien ha edificado sobre la roca? ¿Importa más el quedar bien que la afirmación del Evangelio? ¿Cede incluso uno a criterios de mayorías intraeclesiales simplemente para demostrar que se es abierto según los criterios en boga? ¿Penetra mucho la mundanidad en la motivación de mi actuar?

Desproporción.
El cristianismo quiere afirmar, por encima de todo, la gracia de Cristo. Como revelación histórica no puede prescindir del hecho del pecado arraigado en el hombre desde el inicio de su existencia. Pero está claro que lo que de verdad pesa es la gracia de Cristo. Nunca, nunca, el pecado será más fuerte que el don salvador de Jesús. Por Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordan sobre todos. Los fieles debemos dar gracias por ello y tener un sentido realista de una historia en la que el bien, en Cristo, es contraste suficiente para equilibrar la marcha del mundo y para que los hombres puedan descubrir el valor de la opción por el bien evangélico. Esta gracia de Cristo es la valentía de todo cristiano.

Una plegaria.
Decirle a Dios que uno confía plenamente en EI - Pedir perdón por todos los miedos y cobardías en lo tocante a la fe - Suplicar el don de una infinita confianza en la providencia divina - Pedir la valentía para un testimonio abierto y gozoso de Cristo.

(Aporte de J. GUITERAS, ORACIÓN DE LAS HORAS, 1993/05.Pág. 235 s.)


¡No tengan miedo!
¡Este domingo el tema dominante del Evangelio es que Cristo nos libera del miedo! Como las enfermedades, los miedos pueden ser agudos o crónicos. Los miedos agudos son determinados por una situación de peligro extraordinario. Si estoy a punto de ser atropellado por un coche, o empiezo a notar que la tierra se mueve bajo mis pies por un terremoto, se trata de temores agudos. Como surgen de improviso y sin preaviso, así desaparecen con el cese del peligro, dejando si acaso sólo un mal recuerdo. No dependen de nosotros y son naturales. Más peligrosos son los miedos crónicos, los que viven con nosotros, que llevamos desde el nacimiento o de la infancia, que se convierten en parte de nuestro ser y a los cuales acabamos a veces hasta encariñándonos.
El miedo no es un mal en sí mismo. Frecuentemente es la ocasión para revelar un valor y una fuerza insospechados. Sólo quien conoce el temor sabe qué es el valor. Se transforma verdaderamente en un mal que consume y no deja vivir cuando, en vez de estímulo para reaccionar y resorte para la acción, pasa a ser excusa para la inacción, algo que paraliza. Cuando se transforma en ansia: Jesús dio un nombre a las ansias más comunes del hombre: «¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?» (Mt 6,31). El ansia se ha convertido en la enfermedad del siglo y es una de las causas principales de la multiplicación de los infartos.
Vivimos en el ansia, ¡y así es como no vivimos! La ansiedad es el miedo irracional de un objeto desconocido. Temer siempre, de todo, esperarse sistemáticamente lo peor y vivir siempre en una palpitación. Si el peligro no existe, el ansia lo inventa; si existe lo agiganta. La persona ansiosa sufre siempre los males dos veces: primero en la previsión y después en la realidad. Lo que Jesús en el Evangelio condena no es tanto el simple temor o la justa solicitud por el mañana, sino precisamente este ansia y esta inquietud. «No se preocupen», dice, «del mañana. Cada día tiene bastante con su propio mal».
Pero dejemos de describir nuestros miedos de distinto tipo e intentemos en cambio ver cuál es el remedio que el Evangelio nos ofrece para vencer nuestros temores. El remedio se resume en una palabra: confianza en Dios, creer en la providencia y en el amor del Padre celeste. La verdadera raíz de todos los temores es el de encontrarse solo. Ese continuo miedo del niño a ser abandonado. Y Jesús nos asegura justamente esto: que no seremos abandonados. «Si mi madre y mi padre me abandonan, el Señor me acogerá», dice un Salmo (27,10). Aunque todos nos abandonaran, él no. Su amor es más fuerte que todo.
No podemos sin embargo dejar el tema del miedo en este punto. Resultaría poco próximo a la realidad. Jesús quiere liberarnos de los temores y nos libera siempre. Pero Él no tiene un solo modo para hacerlo; tiene dos: o nos quita el miedo del corazón o nos ayuda a vivirlo de manera nueva, más libremente, haciendo de ello una ocasión de gracia para nosotros y para los demás. Él mismo quiso hacer esa experiencia. En el Huerto de los Olivos está escrito que «comenzó a experimentar tristeza y angustia». El texto original sugiere hasta la idea de un terror solitario, como de quien se siente aislado del consorcio humano, en una soledad inmensa. Y la quiso experimentar precisamente para redimir también este aspecto de la condición humana. Desde aquel día, vivido en unión con Él, el miedo, especialmente el de la muerte, tienen el poder de levantarnos en vez de deprimirnos, de hacernos más atentos a los demás, más comprensivos; en una palabra, más humanos.

(Comentario del P. Rainiero Cantalamessa ofm cap,
a las lecturas del 12ª domingo del tiempo ordinario ciclo A; Revista Familia Cristiana)


Para la reflexión personal y grupal:
¿Cómo reacciono cuando tengo conflictos?
¿Qué hay en mí que no me permite confesar abiertamente mi fe en Jesús?
¿Cómo se manifiestan mis miedos? ¿Ante quién, por qué motivo? 6.3. En el pasaje de hoy: ¿En qué puntos concretos el Señor me pide ser profeta hoy?


ORACIÓN-CONTEMPLACIÓN.

NUESTROS MIEDOS.
Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de diferentes miedos.
Muchas veces, el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar, nos detiene al tomar nuestras decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces, nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos aterroriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia, vivimos preocupados sólo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados.
A veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. No confiamos quizás en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido una tentación para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que los libere de sus miedos, incertidumbres y temores. Pero sería una equivocación ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento.
Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad a los que son injustamente maltratados en esta sociedad.
La fe no crea hombres cobardes sino personas más resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: "No tengas miedo", no se siente invitado a eludir sus compromisos sino penetrado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.
(Aporte de JOSE ANTONIO PAGOLA, BUENAS NOTICIAS,
NAVARRA 1985.Pág. 85 s.)

Oración final:
“¡Hazme testigo de tu Evangelio, Señor! Dame ánimo para no negar que te conozco cuando se burlen de ti hablando como de un mito y de tus seguidores como de gente alienada. Dame fuerza para no acobardarme cuando me percato de que ser coherente con tu enseñanza puede significar pérdidas y obstáculos en la sociedad. Dame la alegría de saber que estoy contigo cuando dejo a los amigos que consideran una pérdida de tiempo la oración y la eucaristía. Dame el valor de superar los respetos humanos y no avergonzarme del Evangelio cuando ser fiel comporta sentirme “diferente” de la gente que crea opinión y costumbre. ¡Hazme testigo de tu amor Señor!”. Amén.