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20 mar. 2018

LECTIO DIVINA DEL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR CICLO B.


Domingo 25 de marzo de 2018.
Isaías 50,4-7; Filipenses 2,6-11; San Marcos 14,1-15,47.

“He aquí la debilidad de Dios que es más fuerte que los hombres, y la necedad de Dios más sabia que los hombres”. (San Agustín)

Oración inicial:
“Cristo, siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y, al resucitar, fuimos justificados. (Prefacio Domingo de Ramos)


LECTURA.

Leemos los siguientes textos: Isaías 50,4-7; Filipenses 2,6-11; San Marcos 14,1-15,47.

Claves de lectura:

Se pueden extraer algunos de los principales acentos de la pasión según san Marcos y tratarlos a la luz de las dos lecturas que la preceden: la del Antiguo Testamento, en la que se pone de relieve la actitud del Siervo de Dios ante el sufrimiento -soporta todo sin defenderse, sabiendo que Dios así lo quiere-; y la del Nuevo Testamento, que describe el abajamiento voluntario del Hijo de Dios, en perfecta obediencia, hasta la muerte en la cruz. Como este abajamiento no sólo es modelo para nuestros sufrimientos, sino arquetipo de la perfecta obediencia humana, se describe la posterior elevación pascual, sin la que tanto el sufrimiento de Jesús como todo sufrimiento humano carecerían de sentido. Para el creyente que escucha el relato de la pasión, este relato sólo tiene sentido como obra del amor divino que culminará en Pascua. Pero este conocimiento previo que posee el creyente no debe llevarle a edulcorar la dramática realidad del viacrucis (al final «todo saldrá bien»), sino que tiene que tomarla -así lo exige Dios y la Iglesia en nombre de Dios- lo más en serio posible.

1. La prodigalidad.
No es casualidad que al principio aparezca el relato del amoroso derroche del perfume de nardo que una mujer derrama sobre la cabeza de Jesús y que se conoce como la unción de Betania. Jesús rechaza toda crítica al respecto; lo que la mujer ha hecho está muy bien, pues le ha ungido (Mesías significa el Ungido) para su muerte: una acción definitiva de la Iglesia amante que tiene validez hasta el fin del mundo. La prodigalidad es la primera actitud cristiana, sólo después viene la caridad calculadora para con los pobres. Cuando su muerte se ha convertido ya en cosa cierta debido a la traición de Judas, Jesús se prodiga de una forma aún más ilimitada en su Eucaristía. Todos beben por adelantado la sangre derramada, y esto será así hasta el fin del mundo: la pasión entera está bajo el signo de esta perfecta y pródiga auto donación del amor divino al mundo.

2. La traición general.
La actitud de los hombres en la pasión está descrita con un realismo que frisa con la crueldad. Es como una acumulación de todos los pecados imaginables que los hombres cometen en la persona de Jesús contra el propio Dios. Primero el adormecimiento de los discípulos mientras deberían velar y orar: una somnolencia que se prolongará a través de la historia de la Iglesia. Después la traición abierta y confesa por mor de una ventaja material; y esto siendo Jesús plenamente consciente no sólo de la traición con que le pagará uno de sus discípulos, sino también de la negación de que será objeto por parte del otro, sobre el que debe construirse su Iglesia. Y finalmente la huida cobarde de todos los discípulos. Que la traición se produzca con un beso, es algo que ciertamente se repetirá. Y en la desbandada general de los que han sido llamados a seguir a Jesús cunde tanto el pánico que uno de ellos se desprende de su vestido y escapa desnudo. Esto en lo que a los discípulos se refiere. Después el pueblo elegido, en el juicio público, reniega de su Mesías, entregándolo a los paganos, impidiendo su liberación (elige a Barrabás) y pidiendo a gritos su crucifixión. Judíos y paganos compiten en toda forma de injuria, de humillación, de ultraje corporal y de tortura, de menosprecio de la misión salvífica de Jesús hasta el momento supremo de la cruz.

3. El último grito.
En el relato de la pasión sólo se recogen estas palabras de Jesús en la cruz: «¿Por qué me has abandonado?». A este por qué no se le da ahora ninguna respuesta. De momento no hay lugar para ningún tipo de alivio. Por eso la vida del Salvador del mundo termina con «un grito muy fuerte» en el que da expresión, no sólo humanamente, sino también divino-humanamente, a la tremenda injusticia perpetrada contra Dios por la historia del mundo, a la ignominia más inconcebible. Y precisamente este grito, con el que expira Jesús, conduce al centurión a la fe.

(Aporte de HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA,
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 149 s.)

MEDITACIÓN.

La liturgia de este domingo tiene su cumbre en la lectura de la narración de la Pasión del Señor. Para muchísimos cristianos es la única ocasión que tienen para escuchar, en el curso de una asamblea eucarística, esta parte del evangelio.
Algo a primera vista extraño: la liturgia insertó esta lectura en el cuadro del domingo de Ramos que se caracteriza por un clima de fiesta y de triunfo. Nuestra celebración de hoy comienza con Hosanna y culmina con Crucifícalo. Sin embargo, esto no es un contrasentido, es más bien el corazón del misterio. El misterio que se quiere proclamar es el siguiente: Jesús se entregó voluntaria mente a su pasión; no ha sido abatido por las fuerzas superiores a él: Nadie me quita (la vida); yo la doy de mí mismo (Jn. 10,18). Es él quien escrutando la voluntad del Padre comprendió que llegó su hora y la acogió con obediencia libre de hijo y con infinito amor por los hombres: Sabiendo que ha llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn. 13,1).
Las narraciones de la Pasión están en el origen y no al final del evangelio. Las biografías de los hombres ilustres comienzan con la narración del nacimiento y terminan con la de la muerte. La biografía de Jesús (si se puede hablar de biografía) comenzó con la narración de la muerte y sólo más tarde llegó a la del nacimiento. Las narraciones de la pasión fueron las primeras que se formaron en la tradición y que fueron puestas por escrito, tanto que los evangelios han sido definidos: “Relatos de la Pasión precedidos de una amplia introducción” (Kaeler). El acuerdo entre los cuatro evangelistas es en esto mucho más grande que en el resto del evangelio. En cuanto a la trama esencial, el acuerdo es hasta total. Todas las tentativas hechas a lo largo de los siglos por la crítica no creyente en este sentido han fracasado. Su descarnada simplicidad, el tono desprovisto de toda polémica, el rol mezquino que juegan en la pasión los mismos autores de los evangelios y hasta las mismas incoherencias que los evangelistas no se han preocupado de eliminar: todo concurre para dar la impresión de un testimonio objetivo y de primera mano frente al cual las reconstrucciones “críticas” modernas terminan por aparecer siempre más o menos arbitrarias.
Cuando se lee la narración de la Pasión con ojos de estudio so o de historiador, el problema fundamental es: ¿quiénes fueron los responsables de la muerte de Jesús, los judíos o los romanos? ¿Jesús murió por motivos religiosos (porque se proclamaba Mesías) o por motivos políticos (como agitador social y rebelde contra Roma)? Después de la última guerra, la tragedia del pueblo hebreo y la participación de los cristianos en las luchas de liberación hicieron que este problema empezara a apasionar a los lectores del evangelio más que cualquier otro. La investigación más equilibrada ya dio respuesta a estos interrogantes: Jesús fue condenado al mismo tiempo por los judíos y por los romanos. En su muerte se realizó una extraña coincidencia de motivos religiosos y de motivos políticos, aun cuando la responsabilidad más directa parece recaer sin duda -de acuerdo con la versión evangélica- en los dirigentes hebreos de aquel tiempo (por tanto, no en todo el pueblo hebreo de entonces, y menos aún, en las generaciones hebreas posteriores).
Sin embargo, dicho esto, uno se da cuenta de que el problema no está concluido. Y, en el fondo, ni siquiera bien propuesto. Queda por explicar por qué motivo “era necesario” que el Hijo del hombre padeciese (Lc. 24,26). El creyente busca por tanto otro responsable de la muerte de Cristo. Siente que hay un acusador implacable a sus espaldas, el cual aun antes de su arresto ya preparó a Jesús el cáliz de la pasión.
La historia de la pasión presenta extraños injertos que rompen aparentemente el hilo de la narración: la historia de la traición de Judas, la negación de Pedro, el lavatorio de las manos de Pilatos, Barrabás, los dos ladrones. Pero no son cuerpos extraños. En ellos precisamente está la explicación de todo. Estas historias expresan y simbolizan la sola gran realidad que llevó a Jesús a la cruz: El llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero de la cruz (1 Pe. 2,24).
Jesús llevó nuestros pecados a la cruz y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: Fue triturado por nuestras iniquidades (Is. 53,5; 1 Fe. 2,24). A David, que furioso buscaba al responsable del delito que le fue contado por Natán, el profeta respondió: ¡Tú eres aquel hombre! (2 Sam. 12,7). Lo mismo nos responde la palabra de Dios a nosotros que preguntamos por el responsable de la muerte de Jesús: ¡Tú eres aquel hombre! Judas que traiciona, Pedro que niega, Pilatos que se lava las manos, la gente que se calienta con el fuego o que charla, los soldados que reparten ávidamente la vestimenta del condenado, los ladrones que mataron no están solos allí: detrás de cada uno de ellos hay muchedumbres y estamos también nosotros.
Al terminar de leer la Pasión hemos cerrado hoy el libro, pero ahora sabemos que la historia no ha terminado, continúa sucediendo. “Los acusadores de entonces están muertos -escribió un hebreo como conclusión de un apasionado libro sobre el proceso de Jesús-. Los testigos se fueron a casa. El juez dejó el tribunal. Pero el proceso de Jesús sigue todavía” (P. Winter). Para él -hebreo- el proceso de Jesús y su pasión continúan, pero en un sentido bien distinto. En dos sentidos: se renueva en cada discípulo (y en todo hombre) que sufre y es perseguido, como Jesús, por la justicia; es renovado por cualquiera que se abandona al pecado porque prolonga el grito: ¡No a éste sino a Barrabás! ¡Crucifícalo!
Está en nosotros cómo queremos entrar en la historia de la Pasión. Si como Cireneo que se acerca a Jesús, hombro a hombro, para llevar con él el peso de la cruz; si como las mujeres que lloran, como el centurión que se golpea el pecho, como María que está silenciosa al lado de la cruz; o si queremos entrar en la pasión como Judas, Pedro, Pilatos o aquéllos que “miraron de lejos” cómo iban a terminar las cosas.
La narración de la Pasión que hemos escuchado terminó con la imagen de la piedra rodada contra la entrada del sepulcro (Mc. 15,46). Nosotros, empero, sabemos que esa piedra no sirvió: Jesús resucitó y se sentó a la derecha del Padre. Sin embargo, mientras dure este mundo de dolor y de pecado, él está todavía misteriosamente en la tumba. No ha resucitado todavía del todo. “Él -escribe un autor del siglo II- está en la cárcel, está en los sepulcros y en los cepos, está en las cárceles, está en medio de las ofensas y bajo proceso; porque con los que sufren, sufre también él” (Actas de Juan). La Semana Santa debe recordarnos sobre todo esto. “De estos tres misterios (la crucifixión, la sepultura y la resurrección) nosotros cumplimos en esta vida presente aquello de lo cual es símbolo la cruz, mientras mantenemos por la fe y la esperanza aquéllas cuyo símbolo son la sepultura y la resurrección de Cristo. Ahora se dice al hombre: Toma tu cruz y sígueme (san Agustín, Ep. 55,24). Toda nuestra vida es, en cierto sentido, una Semana Santa, si la vivimos con coraje y fe, en espera del “octavo día” que es el gran domingo del reposo y de la gloria eterna.En este tiempo, Jesús nos repite la invitación que dirigió en el Huerto de los Olivos: Permaneced aquí y vigilad conmigo (Mt. 26, 38).

(Aporte del Raniero Cantalamessa, La Palabra y la Vida-Ciclo B,
Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 82-85)

Para la reflexión personal y grupal:
¿Qué provoca en mí la pasión del Señor?
¿Qué me revela este “amor hasta el extremo”?


ORACIÓN-CONTEMPLACIÓN.

Hay momentos en la vida en el que nos llega el cansancio ante la lucha por el bien. Estamos por soltar las armas. Estamos a punto de rendirnos y abandonarnos al mejor postor. “¡No puedo más. Me abandono!” Que no nos sorprenda el dolor y las dificultades de la vida: son camino de salvación. Que no nos desanime la vejez, la enfermedad, las desgracias naturales, las guerras... hemos de caminar confiando en la fuerza oculta del Reino de Cristo, a pesar del mal que parece rodearnos. Por encima del mal y del pecado, está el amor de Dios en Cristo Jesús. No dejemos de caminar. Quizá en esos momentos nos conviene repetir la oración que compuso Romano Guardini para aquellas horas que no pasan:

Dios viviente nosotros creemos en Ti.
Enséñanos a comprender la hora en la que parece
que Tú nos has abandonado, Tú, que eres la fidelidad eterna....
Dios viviente, nosotros creemos en Ti.
Danos la fuerza para resistir cuando todo se hace vano a nuestro alrededor.
Padre, nosotros creemos en Ti, porque aquello que nosotros llamamos mundo, es obra de tus manos. Tú lo has modelado, has querido que existiese y sólo de Ti recibe su duración y su esplendor.
Tú guías todas las cosas. Tú guías también nuestra pequeña vida. La guías en el misterio de tu silencioso gobierno.
Nosotros debemos confiarnos totalmente sólo de tu amor.
Tu magnanimidad ha querido tener necesidad de nosotros,
Tú has puesto el mundo que creaste, y es tuyo, en nuestras manos, Tú quieres que pensemos con tus pensamientos
y que obremos de acuerdo con tus decretos.
Cristo Jesús, Redentor del mundo, que volviste al Padre, cuando "todo fue cumplido".
Tú te sientas a la derecha del Padre en el trono de la gloria,
Y esperas la hora en la que volverás con poder
Para juzgar vivos y muertos.
Nosotros creemos en Ti. Enséñanos a ofrecer en el abandono, la fe que esta hora espera de nosotros,
porque parece que tu luz ya no luce, y, sin embargo, ella brilla más que nunca en la obscuridad.
Tú has redimido todo en el misterio de tu amor, lo has redimido todo en tu obediencia, que es tan grande como el mandato de tu Padre.
Haz que Tu amor por nosotros no sea vano.
Espíritu Santo, enviado a nosotros, que habitas en nosotros,
a pesar de que los espacios hacen ecos vacíos, como si Tú estuvieras lejano. En tus manos están todos los tiempos.
Tú ejercitas tu poder en el misterio del silencio y Tú llevarás a término todas las cosas. Por ello, nosotros creemos en el mundo futuro, en la vida eterna, ¡Y lo esperamos!
¡Enséñanos a esperar en la esperanza!
Haznos partícipes del mundo futuro, a fin de que en nosotros
encuentre cabal cumplimiento la promesa de la gloria eterna.

Oración final:
“Señor, que depositaste en tu Palabra tantos tesoros de sabiduría para que podamos meditarla y encontrar en ella algo de tus riquezas, haz que cuando alcancemos esa parte de tus tesoros no creamos haber encontrado todo lo que ella contiene. Te damos gracias, Señor, por lo que recibimos y haz que no nos pongamos tristes por lo que queda y sobreabunda. Lo que recibimos, es la parte que nos ha tocado; pero lo que queda es nuestra herencia”. Amén.

                                                                                                                                    Hno. Javier

15 mar. 2018

LECTIO DIVINA DEL 5º DOMINGO DE CUARESMA CICLO B.


Domingo 18 de marzo de 2018.

 Jeremías 31,31-34; Hebreos 5,7-9; San Juan 12,20-33.
Oración inicial: “Créanos, Señor, un corazón nuevo para una alianza nueva. Renuévanos por dentro con la fuerza de tu Espíritu Santo, para que alimentados por tu Palabra, convertidos en hijos de la luz, vivamos tu ley de amor y te sigamos con un talante alegre y renovado”. Amén.

LECTURA. Leemos los siguientes textos: Jeremías 31,31-34; Hebreos 5,7-9; San Juan 12,20-33.
 Claves de lectura: 1. «El que se ama a si mismo, se pierde» (Evangelio).
Este evangelio, ciertamente impresionante, es preludio de la pasión. Algunos gentiles quieren ver a Jesús; su misión, que incluye, más allá de los límites de Israel, a todas las «naciones», sólo culminará con su muerte: únicamente desde la cruz (como se dice al final del evangelio) atraerá hacia él a todos los hombres. El grano de trigo tiene que morir, si no queda infecundo; Jesús dice esto pensando en él mismo, pero también, y con gran énfasis, en todos aquellos que quieran «servirle» y seguirle. Y ante esta muerte (cargado con el pecado del mundo) Jesús se turba y tiene miedo: la angustia del monte de los olivos le hace preguntarse si no debería pedir al Padre que le liberase de semejante trance; pero sabe que la encarnación entera sólo tendrá sentido si soporta la «hora», si bebe el cáliz; por eso dice: «Padre, glorifica tu nombre». La voz del Padre confirma que todo el plan de la salvación hasta la cruz y la resurrección es una única «glorificación» del amor divino misericordioso que ha triunfado sobre el mal (el «príncipe de este mundo»). Cada palabra de este evangelio está tan indisolublemente trenzada con todas las demás que en ella se hace visible toda la obra salvífica ante la inminencia de la cruz.
  2. «Aprendió, sufriendo, a obedecer». (2° Lectura) 
Juan, en el evangelio, amortigua en cierto modo los acentos del sufrimiento; para él todo, hasta lo más oscuro, es ya manifestación de la gloria del amor. En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se perciben por el contrario los acentos estridentes, dramáticos de la pasión. Jesús, cuando se sumergió en la noche de la pasión, «a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas» al Dios «que podía salvarlo de la muerte». Por muy obediente que pueda ser, en la oscuridad del dolor y de la angustia, todo hombre, incluso Cristo, debe aprender de nuevo a obedecer. Todo hombre que sufre física o espiritualmente lo ha experimentado: lo que se cree poseer habitualmente, debe actualizarse, ha de re-aprenderse, por así decirlo, desde el principio. Jesús gritó a su Padre y el texto dice que fue «escuchado». Y ciertamente fue escuchado por el Padre, pero no entonces, sino solamente cuando llegó el momento de su resurrección de la muerte. Únicamente cuando el Hijo haya sido «llevado a la consumación» podrá brillar abiertamente la luz del amor ya oculta en todo sufrimiento. Y solamente cuando todo haya sido sufrido hasta el extremo, se podrá considerar fundada esa alianza nueva de la que se habla en la primera lectura. 
3. «Meteré mi ley en su pecho». (1°Lectura)
Una «nueva alianza» ha sido sellada por Dios, después de que la primera fuera «quebrantada». Mientras la soberanía de Dios era ante todo una soberanía basada en el poder -el Señor había sacado a los israelitas de Egipto «tomándolos de la mano»- y los hombres no poseían una visión interior de la esencia del amor de Dios, era difícil, por no decir imposible, permanecer fiel a la alianza. Para ellos el amor que se les exigía era en cierto modo como un mandamiento, como una ley, y los hombres siempre propenden a transgredir las leyes para demostrar que son más fuertes que ellas. Pero cuando la ley del amor está dentro de sus corazones y aprenden a comprender desde dentro que Dios es amor, entonces la alianza se convierte en algo totalmente distinto, en una realidad interior, íntima; cada hombre la comprende ahora desde dentro, nadie tiene necesidad de aprenderla de otro, como se aprende en la escuela: «Todos me conocerán, desde el pequeño al grande». (Aporte de HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 147 s.)
MEDITACIÓN.
«HA LLEGADO LA HORA»
La hora de Jesús. La hora de poner las cosas en su sitio. La hora de la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Pero esa hora tiene también un lado terrible, un costo muy alto: la cruz. Jesús tiembla. «A gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía liberarlo de la muerte». El hombre que hay en Él se encrespa, entero, ante el dolor supremo que se le viene encima. «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esa hora».
Me gusta mucho ver a este Jesús humano, retorcido ante la muerte. Y creo que no hacemos bien cuando ocultamos, o dulcificamos, esta faceta tan real de su humanidad; cuando hablamos de su pasión y muerte sin afrontar de cara el misterio: un Dios que, como si no lo fuera, se ve desarbolado en medio de olas enormes que lo destrozan, a completa merced del sufrimiento. Y me gusta verlo así, porque ahí es donde, a mis cortas luces, llego a comprender mejor el amor desbordante que nos tiene. Y donde más claramente se manifiesta que la encarnación no fue un juego, un
teatro de cara a la galería para hacerse con nosotros, sino un compromiso total, un asumir todo lo nuestro hasta sus últimas consecuencias. Y, viendo así a Jesús roto de pánico ante la muerte, comprendo también mejor el miedo y la angustia de tantos hermanos humillados, torturados en tantas cárceles del mundo. Y me consuela saber que, si alguna vez llega para mí una hora semejante, voy a tener un modelo a quien mirar, una imagen cercana en la que confiar.
Pero esta hora de Jesús no se queda ahí. Esta cruz tiene, aunque no la veamos todavía desde este lado nuestro, otra vertiente gloriosa. Este dolor total lleva ya, dentro de sí, una carga de vida que lo hace cambiar de signo. Esta muerte es ya un comienzo de triunfo. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». La misma cumbre del calvario, terrible cuando se ve desde el camino de la cruz, espeluznante desde nuestro subir con la cruz a cuestas, es al mismo tiempo punto de esperanza y de gloria: ya se adivinan detrás los fulgores de la resurrección, ya casi se oyen los clarines de su victoria, que un día será nuestra. «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Cristo, desde lo alto de su cruz desde la hondura de su muerte, nos abre una salida hacia una vida ya sin muerte. La cruz, al tiempo que un punto de encuentro con el dolor más pleno, es una cita universal para la fiesta más sonada, la que no tendrá fin.
Ésta es, pues, la hora de Jesús. Nosotros sólo la vemos, por ahora, desde este lado triste y espantoso: exactamente el mismo lado desde el que la vio Él cuando se puso a nuestra altura. La fe en el triunfo de Cristo, la celebración ilusionada de la Pascua, nos ayudará a descubrir, cuando llegue nuestra hora, ese otro lado glorioso de la cruz: el que da la vida. Y se nos encenderá la esperanza.
Así, con la esperanza dentro, nuestro dolor se nos hará más soportable. Al mismo tiempo, este dolor nuestro, al traslucir, al asomarle de mil maneras esa luz que lleva dentro, será una Buena Noticia para todos los demás que sufren. Y levantarán la vista. Y hasta puede que sonrían.
«Por esto he venido, para esta hora. Padre, ¡glorifica tu nombre!»
(Aporte de JORGE GUILLEN GARCIA, AL HILO DE LA PALABRA, Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, Ciclo B. GRANADA 1993.Pág. 51 s.)
Para la reflexión personal y grupal:

¿Qué momentos son cruciales para nosotros como cristianos?
Oración final:
“Dios Todomisericordioso, en Jesús nuestro hermano mayor vemos realizado el ejemplo del grano de trigo que se entregó a sí mismo y supo dar la vida por amor. A nosotros que nos confesamos seguidores de su misma actitud ante la vida, ayúdanos a reproducir en nuestra existencia su entrega generosa, creadora de vida y de fecundidad. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor y hermano mayor”. Amén.

Hno. Javier.

8 mar. 2018

LECTIO DIVINA DEL 4° DOMINGO DE CUARESMA CICLO B.

Domingo 11 de marzo de 2018.
2° Crónicas 36,14-16.19-23; Efesios 2,4-10; San Juan 3,14-21.



“Mire la muerte para que la muerte nada valga… En la muerte de Cristo murió la muerte; porque la Vida muerta mató la muerte, la plenitud de la Vida devoró la muerte; la muerte fue absorbida en el cuerpo de Cristo”.
 (San Agustín, Comentarios sobre el evangelio de San Juan 12,11-13)

Oración inicial:
“Y aunque tinieblas padezco, en esta vida mortal no es tan crecido mi mal porque si de luz carezco tengo vida celestial; porque el amor da tal vida cuando más ciego va siendo, que tiene al ama rendida sin luz y a oscuras viviendo. Hace tal obra el amor después que le conocí que si hay bien o mal en mí todo lo hace de un sabor, y al alma transforma en sí y así en su llama sabrosa la cual en mí estoy sintiendo apriesa sin quedar cosa, todo me voy consumiendo.” Amén.
(San Juan de la Cruz)

LECTURA.

Leemos los siguientes textos: 2° Crónicas 36,14-16.19-23; Efesios 2,4-10; San Juan 3,14-21.

Claves de lectura:

1. «El que no cree, ya está condenado». (Evangelio)
El evangelio nos da la oportunidad, en este tiempo de penitencia, de revisar nuestra idea del juicio divino. La afirmación decisiva es que el que desprecia el amor divino se condena a sí mismo. Dios no tiene ningún interés en condenar al hombre; Dios es puro amor, un amor que llega hasta el extremo de entregar su Hijo al mundo por amor; Dios no puede ya darnos más. La cuestión es si nosotros aceptamos este amor, de suerte que pueda demostrarse eficaz y fecundo en nosotros, o si, ante su luz, nosotros preferimos ocultarnos en nuestras tinieblas. En ese caso «detestamos la luz», detestamos el verdadero amor y afirmamos nuestro egoísmo de una u otra forma (el amor puramente sensual es también egoísmo). Si hacemos esto, ya «estamos condenados», no por Dios, sino por nosotros mismos.

2. «Las buenas obras que él determinó practicásemos». (2° Lectura)
La lectura del Nuevo Testamento nos muestra una vez más el «gran amor» de Dios por nosotros, pecadores, pues nos ha resucitado con Cristo y nos ha concedido un sitio con él en el cielo. Pero nosotros no hemos conquistado ese sitio, sino que nos ha sido dado por el amor y la gracia de Dios. Y sin embargo no por ello pasamos automáticamente a ser partícipes de la vida eterna, sino que debemos apropiarnos del don que Dios nos hace con nuestras «buenas obras». Pero tampoco tenemos necesidad de inventarnos trabajosamente estas buenas obras; el apóstol nos dice que Dios «las determinó» de antemano para que nosotros las «practicásemos»; El nos muestra mediante nuestra conciencia, mediante su revelación, mediante la Iglesia y mediante nuestros semejantes lo que debemos hacer y en qué sentido debemos hacerlo. Es posible que practicar estas obras determinadas de antemano nos cueste algo, pero tenemos que darnos cuenta de que la superación que se nos exige es también una gracia ofrecida por el amor de Dios, por lo que debemos realizar nuestras obras en paz y gratitud.

3. (1° Lectura)
La primera lectura nos muestra de una forma nueva lo que ocurre con el juicio de Dios y con su gracia. En ella se recuerda la enorme paciencia que Dios tuvo al principio con el Israel infiel, hasta que finalmente el desprecio y la burla de que eran objeto los mensajeros y profetas de Dios por parte de Israel llegó a tal punto que «ya no hubo remedio»: la única salida que quedaba era la destrucción total de Jerusalén y la deportación a Babilonia. Y sin embargo éste no es el fin del destino del pueblo: el exilio no durará siempre, surgirá la esperanza de un salvador terrestre -el rey Ciro- que como instrumento de la providencia divina permitirá a los desterrados volver a su patria. Estamos todavía en la Antigua Alianza y la gracia de Dios aún no se ha «consumado», por lo que a partir de aquí no podemos deducir lo que le sucederá finalmente al que menosprecia la gracia suprema de Dios ofrecida en Jesucristo. Nos queda sólo la esperanza ciega de que Dios tendrá al final misericordia incluso de los más obstinados y de que su luz brillará hasta en lo más profundo de las tinieblas.
(Aporte de HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA,
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C,
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 146 s.)

MEDITACIÓN.

No nos debe dar miedo de Dios, si hay que temer a alguien es a nosotros mismos. No es Dios el que puede amargarnos la vida -ni ésta ni la futura-. Lo que nos puede perder es nuestra insensatez, nuestra resistencia a aceptarlo tal y como él se quiere manifestar: como amor sin límite.
NACER DE NUEVO.
Nicodemo, a quien Jesús dirige las palabras del evangelio de hoy, era un fariseo. El partido fariseo era adversario del saduceo, al que pertenecía la mayoría de los sumos sacerdotes, los jerarcas religiosos que gobernaban el templo de Jerusalén y a los que los fariseos acusaban de ilegítimos. Por eso Nicodemo, después de la expulsión de los mercaderes del templo, vino a negociar con Jesús para establecer un acuerdo. Él estaba dispuesto a aceptar que Jesús era un "maestro venido de parte de Dios", pero quería que todo se desarrollara "dentro de un orden", dentro del orden que establecía la Ley.
Nicodemo propone a Jesús que realice su misión de acuerdo con ellos, actuando como maestro de la Ley de Moisés, que era, según las doctrinas fariseas, fuente de vida y norma de comportamiento para el hombre.
La respuesta de Jesús fue tajante: no es sólo una reforma de las instituciones religiosas lo que él propone; según el proyecto de Dios, hay que "nacer de nuevo", hay que crear una nueva sociedad formada por hombres nuevos (Jn 3, 1-12).
LEVANTADO EN ALTO.
"Lo mismo que en el desierto Moisés levantó en alto la serpiente, así tiene que ser levantado este Hombre, para que todo el que lo haga objeto de su adhesión tenga vida definitiva".
La Ley, explica Jesús a Nicodemo, ya no puede desempeñar las funciones que se le atribuían en la doctrina de los fariseos. De hecho, no había cumplido esas funciones en el pueblo de Israel, pues no había sido capaz de impedir que la más importante de sus instituciones, el templo, se hubiera convertido en instrumento de muerte y de opresión de los pobres ¡en nombre de Dios mismo! La vida de Dios llegará a los hombres por un cauce totalmente distinto: por un hombre, el Hombre "levantado en alto", colgado en una cruz a la que lo llevará la fidelidad y la lealtad en el cumplimiento de su compromiso de amor con toda la humanidad. De este modo, "todo el que lo haga objeto de su adhesión", todo el que decida asumir esa forma de vivir y de morir (morir por amor, gastar la vida amando), nacerá de nuevo y obtendrá la "vida definitiva". Y, de ese modo, el Hombre "levantado en alto", el Mesías crucificado, será la norma de comportamiento para todos los que quieran caminar iluminados por Dios, para todos los que elijan la luz y abandonen la oscuridad de un mundo organizado en contra de la voluntad de Dios y de la felicidad del hombre.
ASÍ MANIFIESTO SU AMOR.
"Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único, para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva".
El hombre "levantado en alto" será, además, la revelación de una imagen de Dios inconcebible para los que habían vivido bajo la Ley. Esta, además de indicar qué era lo que el hombre debía hacer y qué lo que le estaba prohibido, establecía también el castigo que correspondía a los que violaban sus mandatos. La Ley era para el hombre (Pablo desarrollará espléndidamente estas ideas. Véase, por ejemplo, Rom 7, 7-24; Gál 3, 23-4,7) una constante amenaza de castigo. Pero Dios no es, no quiere ser, una amenaza para los seres que más ama, para los hombres. Y por eso ha decidido revelarse y manifestar su gloria en el amor de aquel hombre que llevó su compromiso hasta la entrega de su propia vida. Y en lugar de prometer un cielo para los que se porten bien y de amenazar con un infierno para los que se porten mal, envía a su Hijo para que nos descubra el infierno en que hemos convertido la tierra, y nos enseñe a construir el cielo aquí y ahora. Y dimite de su función de juez supremo y nos traspasa a nosotros la responsabilidad de decidir y de escoger entre salvar y condenar nuestra vida y nuestro mundo: "Porque no envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por él se salve. El que le presta adhesión no está sujeto a sentencia; el que se niega a prestársela ya tiene la sentencia, por su negativa a prestarle adhesión en calidad de Hijo único de Dios".
Para mantener el desorden que nos empeñamos en llamar orden (la ley y el orden, que dicen algunos) es necesario un Dios que mande mucho y que amenace más; para que sus amenazas produzcan efecto y los hombres obedezcan sus leyes algunos necesitan un Dios que meta miedo; pero por lo que Jesús le dice a Nicodemo, Dios no va a estar por la labor. Cierto que él no va a imponer su punto de vista; sólo lo va a exponer... "levantado en alto". Allí lo podrán ver todos y podrán comprobar que Dios es amor. Y podrán escoger y ponerse del lado del crucificado o de sus asesinos; y elegir, para sí mismos y para el mundo, la salvación del amor de Dios o la ruina del orden este. Sin miedo: ¿qué miedo va a dar un Dios que se manifiesta en un hombre clavado en una cruz? Pero asumiendo cada cual su responsabilidad, no sólo por el lado en el que se coloque, sino por la imagen de Dios que anuncie a los demás, pues sólo una es válida: la que revela el Hombre aquel, el Hijo único de Dios.

(Aporte de RAFAEL J. GARCIA AVILES
LLAMADOS A SER LIBRES. CICLO B
EDIC. EL ALMENDRO/MADRID 1990.Pág. 64ss.)

Para la reflexión personal y grupal:
¿Me doy cuenta de que en el mensaje de Jesús todo se fundamenta sobre Dios y sobre la fe? ¿Cuáles son los pasos del dinamismo del “creer”?
¿Cómo me voy a preparar para la renovación de mi fe en la Vigilia Pascual?


ORACIÓN –CONTEMPLACIÓN.

ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR.
"que tengan vida eterna".
Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de "una pérdida de amor a la vida".
Se ha hablado, por ejemplo, del "síndrome de la pasividad" como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial (E. Fromm). Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.
Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.
Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes...) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.
En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.
Otro signo es "el endurecimiento del corazón". Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.
Y, sin embargo, los hombres estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para "sobrevivir".
Pero el hombre necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica. No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es "tener vida eterna", es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.
Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada hombre concreto, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre. Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.
(Aporte de JOSE ANTONIO PAGOLA, BUENAS NOTICIAS,
NAVARRA 1985.Pág. 159 s.)

Oración final:
“Hoy nuestro corazón salta de gozo, Dios Padre nuestro, al sabernos amados por ti con un amor que nos hace hijos tuyos. La prueba que verifica tan gozosa noticia es Jesús, tu Hijo, y desde nuestro hermano mayor y amigo para siempre. Él no vino para condenar sino para salvar al hombre que tú amas con amor y con loca ternura de padre. Haz que sepamos corresponderte como hijos tuyos bien nacidos. Gracias, Señor, porque tú no eres un dios frío y lejano, sino un padre que nos amas, siempre desvelado por tu criatura el hombre. El secreto del mundo y de nuestra existencia humana está fundado en el latir de tu corazón que ama. ¡Gracias, Señor!”. Amén.

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 258)

Hno. Javier

14 feb. 2018

LECTIO DIVINA DEL 1° DOMINGO DE CUARESMA CICLO B.

Domingo 18 de febrero de 2018. 

Génesis 9,8-15; 1° Pedro 3,18-22; San Marcos 1,12-15.

Oración inicial:
“Ven Espíritu Santo, ven a nuestra vida, a nuestros corazones, a nuestras conciencias.
Mueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad para atender lo que el Padre quiere decirnos a través de su Hijo Jesús, el Cristo. Que tu Palabra llegue a toda nuestra vida y se haga vida en nosotros”. Amén


LECTURA.

Leemos los siguientes textos: Génesis 9,8-15; 1° Pedro 3,18-22; San Marcos 1,12-15.

Claves de lectura:

1. "Crean la Buena Noticia". (Evangelio)
El Evangelio, la Buena Noticia que Jesús empieza a proclamar y que es un mensaje para el mundo entero, para éste y para el del más allá, comienza con su ayuno de cuarenta días. Jesús no inicia su Cuaresma por propia iniciativa, como mero ejercicio ascético, sino que es empujado al desierto por el Espíritu de Dios. Como tampoco soportará el sufrimiento de la cruz (al final de la Cuaresma eclesial) por ascetismo, sino por pura obediencia al Padre. La inmensa e ilimitada fecundidad de la obra de Cristo supone tanto al principio como al final una tremenda renuncia. Durante más de un mes vive sin probar bocado, se alimenta únicamente de la palabra y de la voluntad del Padre: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34). Siguiendo el ejemplo de Jesús, todos los santos cuya predicación haya de ser fecunda tendrán que desprenderse de todo lo propio para anunciar eficazmente la proximidad del reino de Dios. El Señor vive su tiempo de ayuno entre las alimañas y los ángeles, que «le servían», entre el peligro corporal y la protección sobrenatural. Vive entre los dos extremos de la creación entera. Al desprenderse de todo lo que llena la vida cotidiana de los hombres, Jesús toma conciencia de las auténticas dimensiones del cosmos que, como Redentor del mundo, debe rescatar para Dios. Después de esta preparación lejos del mundo -renuncia a todo, incluso a lo más necesario para vivir-, puede presentarse abiertamente ante los hombres y proclamar: «Se ha cumplido el plazo».

2. «Esta es la señal del pacto». (1° Lectura)
Las dos lecturas muestran las dimensiones del mundo que hay que redimir. La primera describe la alianza primigenia y fundamental de Dios con Noé. Se trata de la promesa de una reconciliación definitiva de Dios con el mundo. Los nubarrones amenazadores del castigo inmisericorde han desaparecido definitivamente del cielo, son un pasado que nunca volverá. Tras la tormenta de la cólera ha salido el sol y se ha formado el arco iris, que se eleva desde la tierra hasta el cielo y recuerda a Dios su pacto con «todos los animales, con todos los vivientes». Este pacto no ha sido abolido ni ha quedado disminuido por la alianza con Israel y por la posterior Nueva Alianza de Cristo.

3. "Fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados". (2°Lectura)
La segunda lectura da una respuesta, aunque ciertamente misteriosa, a la cuestión de la suerte de los difuntos precristianos. Jesús «murió por los culpables», para conducirlos a Dios. Por eso él, corporalmente muerto, pero vivo espiritualmente, descendió a los infiernos para proclamar su mensaje de salvación a «los espíritus encarcelados». Pues antes de su muerte y de su descenso a los infiernos, nadie podía llegar a Dios (Hb 11,4O). Antes de la resurrección de Jesús, tampoco había bautismo que pudiera preservarnos del “sheol” (lugar de los muertos) veterotestamentario, de esa «cárcel» de los muertos que era una parte del mundo todavía no plenamente redimido. Pero para llegar al mundo de los muertos, Jesús tenía que someterse también él a la muerte, de la que haremos memoria al final de la Cuaresma y en virtud de la cual Cristo puede realizar la promesa contenida en la alianza pactada con Noé de someter al mundo entero, incluido «el último enemigo, la muerte» (1 Co 15,26), para poner al universo entero «bajo los pies del Padre».
(Aporte de HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA,
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 141 s.)

MEDITACIÓN.

No es raro escuchar, cuando se habla de Jesús, de su entrega y de su fidelidad a la misión que el Padre le encomendó que "es que él era el Hijo de Dios". Es comprensible que busquemos alguna justificación al experimentar nuestras limitaciones. Pero lo cierto es que Jesús no jugó con ventaja: tampoco a él le resultó fácil.

EL COMPROMISO DEL BAUTISMO
En el comentario correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor, que se celebra unas cuantas semanas antes de este primer domingo de Cuaresma, decimos que, al recibir el bautismo, Jesús se comprometió a dar su vida por la felicidad de los hombres. Ese comentario termina con esta pregunta: "Recibir el bautismo cristiano es asumir el compromiso de seguir los pasos de Jesús. ¿Se parece mucho nuestro compromiso bautismal, nuestro compromiso cristiano, al compromiso de Jesús?" Quizá alguno se sienta inclinado a responder como decíamos anteriormente: "Pero es que Jesús era el Hijo de Dios".
Marcos, el evangelista, parece que tiene en su mente esta objeción y nos la responde antes de empezar a contarnos de qué modo Jesús llevó a cabo su misión con toda fidelidad: Jesús venció las mismas dificultades que debe superar cualquiera de sus seguidores. Es cierto que, para ello, contó con la fuerza del Espíritu de Dios y gozó de la ayuda de los ángeles; pero esto no es un privilegio, pues, como se verá a lo largo de todo el evangelio, todos los que se decidan a vivir como él vivió y asuman el compromiso de gastar la vida por la felicidad de los hombres podrán contar con tal fuerza y con la misma ayuda.

LAS TENTACIONES
Marcos no nos cuenta una por una las tentaciones que sufre Jesús, como hacen Mateo y Lucas, indicándonos así que no se trata de hechos aislados que sucedieron una vez y que no se volvieron a repetir más. Este relato, colocado al comienzo del evangelio, nos presenta el marco general en el que se habría de desarrollar toda la actividad pública de Jesús, las circunstancias que van a acompañar permanentemente la realización de su misión mesiánica: "Estuvo en el desierto cuarenta días, tentado por Satanás..." Su actividad será un proceso de liberación (cuarenta días en el desierto, como los cuarenta años del pueblo de Israel) que llevará a un nuevo modo de vivir en libertad (a una nueva tierra prometida).
Pero durante ese tiempo tendrá que luchar contra la tentación del poder simbolizado en Satanás. La tentación no se le presentará en forma de duda personal, como atracción que pudiera ejercer el poder en el mismo Jesús; serán otras personas las que intentarán desviarlo de la práctica del servicio y de la entrega de la propia vida y lo invitarán a elegir el camino del triunfo y de la conquista del poder para, una vez instalado, instaurar desde él el reino de Dios. Como ejemplo de esta tentación podríamos citar el episodio que cuenta el mismo evangelio de Marcos (Mc 8,31-33), cuando Jesús llamó "Satanás" a Pedro por protestar porque el camino de Jesús conducía a lo que él considera un fracaso, la muerte, e intentar desviarlo en dirección a la conquista del poder para, desde él, hacer triunfar el reino de Dios (domingo vigésimo cuarto del tiempo ordinario).
"Estuvo en el desierto cuarenta días, tentado por Satanás; estaba entre las fieras y los ángeles le prestaban servicio".
Pedro reaccionó así cuando Jesús anunció que el Mesías tenía que ser "rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días". Este conflicto es lo que Marcos anuncia cuando dice que Jesús pasó cuarenta días rodeado de fieras: que Jesús sufrirá durante toda su actividad la amenaza de personas que intentarán acabar con su vida. Así sucedió desde el principio (véase Mc 3, 6) hasta que, al final, lo mataron.
Cierto que en esa lucha por mantener con firmeza el compromiso de amor hasta la muerte que asumió en su bautismo, Jesús no se va a encontrar solo: habrá hombres y mujeres que, actuando de acuerdo con lo que Dios quiere (ésos son los ángeles, mensajeros de Dios; Juan Bautista acaba de ser llamado angel/mensajero de Dios; (véase Mc 1,2) le ayudarán ("le prestaban servicio") a llevar a buen término su camino.
Nuestra vida, como cristiano, debe ser también proceso de liberación personal y un compromiso con la liberación de todos los hombres y los pueblos oprimidos y explotados. Cierto, esa tarea no es fácil. Y encontraremos muchos obstáculos: nos intentarán sobornar ofreciéndonos el éxito, el poder o la riqueza para nosotros solos (incluso nos pueden llegar a decir que si logramos ocupar un puesto importante podremos influir más eficazmente en la sociedad), o nos amenazarán diciéndonos que nuestra actitud es ilegal o subversiva y que nos estamos arriesgando a ser juzgados y condenados por ello. No será fácil, por supuesto, pero podremos llegar al final como Jesús si, como él, nos abrimos a la acción del Espíritu y si actuamos unidos -ángeles unos para con los otros- con todos los que intentan organizar este mundo de acuerdo con lo que Dios quiere. Será duro, pero tampoco a él le resultó fácil. Y, al final, valdrá la pena.
(Aporte de RAFAEL J. GARCIA AVILES,
LLAMADOS A SER LIBRES. CICLO B
EDIC. EL ALMENDRO/MADRID 1990.Pág. 53ss.)

CUARESMA: DESIERTO Y NOCHE
Lo mejor que tiene la noche es la esperanza del amanecer. Pero es necesaria la noche: sin ella, la luz del nuevo día no tendría ese sabor a victoria. Sería como un vaso de agua sin sed; o como un descanso que no ha sido preparado, deseado largamente desde la fatiga.
El diluvio fue una larga noche. ¿Noche, o muerte? Noche, porque una débil esperanza -el arca- se negaba a morir. Al final de aquella noche, el arco iris fue, para aquella familia que se salvó, como un amanecer de victoria, como una señal de alianza con el Señor.
El pecado es noche también. Y el bautismo, para Pedro, es como el arca; una señal de que esa noche tendrá también su amanecer. ¿Quién lo garantiza? Cristo, pasando de la noche de su muerte al alba de su resurrección: «Como Cristo era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida».
El desierto era, para el pueblo judío, como otro nombre de la noche. Lugar de paso hacia una tierra que un día sería «su tierra», pero que aún quedaba lejos. Lugar de purificación y de esperanza. Buen lugar para las grandes batallas y para los grandes encuentros. Por eso Jesús, que quería entrar hasta el fondo de nuestra noche, quiso vivir la experiencia del desierto. «El Espíritu empujó a Jesús al desierto».
Y en el desierto entró como un hombre más; en pie de igualdad. Y en él empezó a librar su gran batalla. A solas con su limitación y con su miedo; cercado por una naturaleza que se le encrespaba ("vivía entre alimañas"), sin seguridades en que apoyarse ("dejándose tentar por Satanás"); desgastado por el hambre y por la sed. Una batalla que no será vencida de una vez para siempre, sino que habrá que continuar ganando cada día, palmo a palmo, cada vez más dura y más dramática, hasta el acoso de Getsemaní, hasta el fracaso de la cruz.
Con la Cuaresma entramos, nosotros también, en el desierto. En él -sed y silencio- nos vamos preparando para saborear un día el agua viva de la Pascua. En él nos vamos convenciendo de la inutilidad de tantas cosas que antes creímos necesarias, de lo débiles que eran nuestros puntos de apoyo. En él, al damos cuenta de nuestra radical pobreza, podremos acabar descubriendo que Dios es nuestra única esperanza.
Entremos, pues, sin miedo en ese desierto. Dispuestos a aguantar la sed y el hambre. Dejando pesos inútiles que nos impedirían caminar: comodidades que nos acaban enmoheciendo la disponibilidad, consumismo que pone en peligro toda nuestra escala de valores, seguridades que nos tientan a que apartemos los ojos del que es nuestra única seguridad: el Señor.
Entremos en la Cuaresma sin miedo a irnos metiendo en el silencio.
Sin miedo a lo que el Señor nos pueda pedir en la oración.
Sin miedo a vernos como somos cuando el sol, implacable, acabe derritiendo nuestros complicados maquillajes.
(Aporte de JORGE GUILLEN GARCIA, AL HILO DE LA PALABRA,
Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B GRANADA 1993.Pág. 38 s.)

Para la reflexión personal y grupal:
¿Qué espíritu es el que nos mueve a nosotros?


ORACIÓN-CONTEMPLACIÓN.

CÓMO SERÍA LA VIDA.
Propiamente, Jesús no enseñó una «doctrina religiosa» para que sus discípulos la aprendieran y difundieran correctamente. Jesús anuncia, más bien, un «acontecimiento» que pide ser acogido, pues lo puede cambiar todo. Él lo está ya experimentando: «Dios se está introduciendo en la vida con su fuerza salvadora. Hay que hacerle sitio». Según el evangelio más antiguo, Jesús «proclamaba esta Buena Noticia de Dios: se ha cumplido el plazo. Está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia». Es un buen resumen del mensaje de Jesús: «Se avecina un tiempo nuevo. Dios no quiere dejarnos solos frente a nuestros problemas y desafíos. Quiere construir junto a nosotros una vida más humana. Cambiad de manera de pensar y de actuar. Vivan creyendo esta buena noticia». Todos los expertos piensan hoy que esto que Jesús llama «reino de Dios» es el corazón de su mensaje y la pasión que alentó toda su vida. Lo sorprendente es que Jesús nunca explica directamente en qué consiste el «reino de Dios». Lo que hace es sugerir en parábolas inolvidables cómo actúa Dios y cómo sería la vida si hubiera gente que actuara como él. Para Jesús, el «reino de Dios» es la vida tal como la quiere construir Dios. Ése era el fuego que llevaba dentro: ¿cómo sería la vida en el Imperio si en Roma reinara Dios y no Tiberio?, ¿cómo cambiarían las cosas si se imitara, no a Tiberio que sólo buscaba poder, riqueza y honor, sino a Dios que pide justicia y compasión para los últimos? ¿Cómo sería la vida en las aldeas de Galilea si en Tiberíades reinara Dios y no Antipas?, ¿cómo cambiaría todo si la gente se pareciera, no a los grandes terratenientes que explotaban a los campesinos, sino a Dios que los quiere ver comiendo y no de hambre? Para Jesús el reino de Dios no es un sueño. Es el proyecto que Dios quiere llevar adelante en el mundo. El único objetivo que han de tener sus seguidores. ¿Cómo sería la Iglesia si se dedicará sólo a construir la vida tal como la quiere Dios, no como la quieren los amos del mundo?, ¿cómo seríamos los cristianos si viviéramos convirtiéndonos al reino de Dios?, ¿cómo lucharíamos por el «pan de cada día» para todo ser humano?, ¿cómo gritaríamos «Venga tu reino»?

 (Aporte de JOSÉ ANTONIO PAGOLA, ECLESALIA, 1/03/06).

Oración final:
“Dios, Padre nuestro: al comenzar esta Cuaresma te pedimos nos ayudes a empeñarnos en una auténtica conversión de nuestros corazones y nuestra vida personal y comunitaria, a la vez que nos esforzamos por transformar nuestra familia, nuestra sociedad, el mundo. Por Jesucristo nuestro Señor”. Amén.

Hno. Javier

7 feb. 2018

6° DOMINGO DEL TIEMPO DURANTE EL AÑO CICLO B. Domingo 11 de febrero de 2018.

LECTIO DIVINA DEL 6° DOMINGO DEL TIEMPO DURANTE EL AÑO CICLO B.
Domingo 11 de febrero de 2018.
Levítico 13,1-2.45-46; 1° Corintios 10,31-11,1; San Marcos 1,40-45

Festividad de Nuestra Señora de Lourdes
“Jornada mundial de los enfermos y de los agentes de salud”

Oración inicial:
“Hoy, Señor, vengo ante ti para alabarte. Hoy, Señor Jesús, con tu poder puedes cambiarme. Sáname, Señor, hoy quiero vivir, dame de tu amor, sin ti no puedo ser feliz. Sáname, Señor, líbrame del mal, toca el corazón para alcanzar la santidad.” (Canto litúrgico)

LECTURA.

Leemos los siguientes textos: Levítico 13,1-2.45-46; 1° Corintios 10,31-11,1; San Marcos 1,40-45

Claves de lectura:

1. "Quiero: queda limpio".(evangelio)
El encuentro de Jesús con el leproso, que le suplica de rodillas que le cure, muestra la total novedad de la conducta de Cristo con respecto al comportamiento veterotestamentario y rabínico. Un leproso no sólo estaba excluido de la comunidad -algo comprensible según las prescripciones higiénicas del Pentateuco-, sino que los rabinos afirmaban que la causa de esta enfermedad eran los graves pecados cometidos por el leproso y prohibían acercarse a él; cuando un leproso se acercaba, se le alejaba a pedradas. Jesús deja que el leproso del evangelio se le acerque y hace algo impensable para un judío: lo toca. Él es precisamente el Salvador enviado por Dios que como buen médico no sólo se preocupa de los enfermos del alma (los sanos no necesitan médico: Mt 9,12), sino que indica, al tocar al leproso, que no tiene miedo al contagio; más aún: toma sobre sí conscientemente la enfermedad del hombre y sus pecados. A propósito del comportamiento de Jesús, Mateo cita las palabras del Siervo de Dios: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17; Is S3,4). Pero esto no sucede en la impasibilidad más absoluta: el texto griego habla de una cólera de Jesús («le increpó») ante la miseria de los hombres, miseria que Dios no ha querido. Y cuando el leproso queda limpio, Jesús le ordena, para cumplir lo que manda la ley, que se presente ante el sacerdote, que ha de constatar la curación. «Para que conste» significa dos cosas: para que sepan que puedo curar enfermos y para que vean que no elimino la Ley sino que la cumplo. Que el ex leproso no respete el silencio que Jesús le impone, es una desobediencia que dificulta no poco la actividad de Jesús: «Ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo»; Jesús no quiere que se le confunda con un curandero.

2. «¡Impuro, impuro!». (1° Lectura)
La primera lectura recuerda las prescripciones de la Ley con respecto a la lepra. Se trata de medidas sumamente severas que obligaban al enfermo no sólo a vivir solo, separado de la comunidad, condenándole a descuidar su aspecto externo mientras duraba su enfermedad, sino también a gritar «¡Impuro, impuro!» cuando alguien se le acercaba. Esto es precisamente lo que el pecador contumaz debería hacer en la Iglesia, pues el que peca gravemente, mientras permanezca en pecado mortal, puede contaminar a los demás y no debería ocultar hipócritamente su separación de la «comunión de los santos». Como impuro que es, debería cuanto antes postrarse de rodillas a los pies de Jesús y suplicarle: «Si quieres, puedes curarme».

3. "Como yo sigo el ejemplo de Cristo". (2° Lectura)
En la segunda lectura, el apóstol procura asemejarse a su Señor en la medida de lo posible; él no puede tomar sobre sí los pecados de los hombres, pues esto pertenece exclusivamente a Cristo («¿Acaso crucificaron a Pablo por ustedes?»: 1 Co 1,13), pero puede acoger a los enfermos del cuerpo y mayormente a los del alma para devolverles la salud en virtud de la fuerza de Cristo. Su ir al encuentro de los enfermos y de los débiles no es condescendencia, sino pura actitud de servicio que puede llegar incluso a una participación en la pasión sustitutoria de Jesús (Col 1,24).
(Aporte de HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA,
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 138 s.)

MEDICTACIÓN.

Hoy acabamos esta primera etapa de la lectura continuada de Marcos (el miércoles empezamos la Cuaresma), y cuando la recuperemos después de Pascua ya será en el domingo undécimo, saltando al cuarto capítulo, cuando ya haya concluido eso que hemos denominado "la explosión de Galilea".
Hoy leemos otro de los signos que marcan esta explosión: Jesús rompe uno de los grandes tabúes: el tabú de la lepra, lo que hemos leído en la primera lectura. Jesús no rechaza a un leproso que se le acerca, en contra de lo que la Ley decía. Pero, además de esto, vale la pena notar dos cosas aún más sorprendentes: una, que nadie del entorno de Jesús haga ninguna observación sobre los peligros que esto comportaba; la otra, aún más importante, que un leproso tenga suficiente valor como para romper las obligaciones de marginación a que estaba sometido y se acerque a Jesús. Con todo esto, Marcos quiere mostrar que desde el inicio Jesús viene dispuesto a romper todos los tabúes que sea necesario, y que todo el mundo sabe que Jesús está constantemente dispuesto a esta ruptura.
Aparece también aquí el tema del "secreto mesiánico": Jesús no quiere que se divulgue su fama, porque eso podría ocasionar que la gente entendiera su mesianismo como un mesianismo guerrero y poderoso, como esperaban muchos. Pero el leproso no puede callar, sino todo lo contrario: de hecho, el que ha sido salvado por Jesús es imposible que calle. Y su fama, la explosión de Galilea, es imparable.
Finalmente, vale la pena notar que Jesús, a pesar de romper tabúes, no es un defensor de una especie de principio general de ilegalidad: Jesús quiere que la curación sea certificada por el sacerdote, como prescribe la Ley. La Ley sólo hay que romperla cuando oprime. Y además, el pobre leproso vivirá mucho más tranquilo si tiene un certificado que le autorice a hacer vida normal.
(Aporte de JOSEP LLIGADAS, MISA DOMINICAL 1994/0)

Para la reflexión personal y grupal:
¿Qué actitud tenemos ante “los milagros”?
¿Cómo nos relacionamos con Dios cuando estamos enfermos?


ORACIÓN-CONTEMPLACIÓN.

"... y lo tocó"

Cuando el único afán de las personas es verse libres de todo sufrimiento, resulta insoportable el contacto directo con el dolor y la miseria de los demás.
Por eso se explica que muchos hombres y mujeres se esfuercen por defender su pequeña felicidad, evitando toda relación y contacto con los que sufren.
La cercanía del niño mendigo o la presencia del joven drogadicto nos perturba y molesta.
Es mejor mantenerse lo más lejos posible.
No dejarnos contagiar o manchar por la miseria.
Privatizamos nuestra vida cortando toda clase de relaciones vivas con el mundo de los que sufren y nos aislamos en nuestros propios problemas, haciéndonos cada vez más insensibles al dolor ajeno.
Son muchos los observadores que detectan en la sociedad occidental un crecimiento de la apatía, la indiferencia e insensibilidad ante el sufrimiento de los otros.
Hemos aprendido a amurallarnos detrás de las cifras y las estadísticas que nos hablan de la miseria en el mundo y podemos calcular cuántos niños mueren de hambre cada minuto, sin que nuestro corazón se conmueva demasiado.
Incluso, las imágenes más crueles y trágicas que pueda servirnos la TV quedan rápidamente relegadas y olvidadas por la serie de moda.
El gran economista J.K Galbraith ha hablado de la creciente "indiferencia ante el Tercer Mundo". Según sus observaciones, el aumento de riqueza en los países poderosos ha aumentado la indiferencia hacia los países pobres. «A medida que aumentó la riqueza, se podía haber esperado que la ayuda aumentara a partir de la existencia de recursos cada vez más abundantes. Pero he aquí que ha disminuido la preocupación por los pobres tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo rico».
La actitud de Jesús hacia los marginados de su tiempo resulta especialmente interpeladora para nosotros.
Los leprosos eran segregados de la sociedad. Tocarlos significaba contraer impureza y lo correcto era mantenerse lejos de ellos, sin contaminarse con su problema ni su miseria. Jesús no sólo cura al leproso sino que lo toca. Restablece el contacto humano con aquel hombre que ha sido marginado por todos.
La sociedad seguirá levantando fronteras de separación hacia los marginados. Son fronteras que a un creyente sólo le indican las barreras que ha de traspasar para acercarse al hermano necesitado.
(Aporte de JOSE ANTONIO PAGOLA, BUENAS NOTICIAS,
NAVARRA 1985.Pág.191 s.)

Oración final:
Gracias, Padre, porque Jesús, curando a los leprosos  nos mostró que el amor no margina a nadie, sino que regenera a la persona, restableciéndola en su dignidad. Cada sanación de Cristo nos habla de su corazón compasivo y nos confirma en la venida de tu amor y de tu reino.  Siguiendo su ejemplo, danos, Señor, un corazón sensible al bien de los hermanos, para saber dialogar contigo en la fe. Danos disponibilidad para escuchar tu palabra, sin encerrarnos en el monólogo egocéntrico y estéril de nuestra propia seguridad. Y concédenos superar todas las crisis  y dificultades de la fe en nuestro camino hacia la indispensable madurez cristiana. Amén.


(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 323)