28 jun. 2011

“Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”… ”Tomen y beban, esta es mi sangre”


“Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”…
”Tomen y beban, esta es mi sangre”


“Jesús perfecto Dios y perfecto hombre” (Símbolo Quicumque; DS76), se entrega totalmente, integralmente a sus discípulos, sintetizando y perpetuando, en la historia hasta la eternidad, el don del amor cuya expresión más palpable es la comunión.

Cuando comemos el Cuerpo de Cristo y bebemos su Sangre, sellamos la nueva alianza en nuestras vidas, recibimos a Cristo, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad entregado por nosotros, y al mismo tiempo nos entregamos a El, dejándonos asimilar por El, que nos hace nuevas creaturas, y como dicen los Padres de la Iglesia, nos “diviniza”.

Nuestra entrega a Cristo implica la fe e implica las obras. La obra que manifiesta más patentemente este encuentro íntimo y salvífico con el Señor en la Eucaristía, es la comunión.

Cuando San Agustín elevaba la hostia consagrada y la presentaba a los fieles, los invitaba a contemplarse a sí mismos como comunidad en el Cuerpo de Cristo, y a Cristo Cabeza de la Iglesia.

Con su gesto quería el santo, destacar la misteriosa dimensión que nos hermana en la persona de Jesús, su vida, sus palabras, sus gestos, su pasión, muerte y resurrección. Quería despertar a los fieles a la realidad de que ellos “son” lo que comen, es decir, comulgar a Cristo es comulgar a los hermanos que Cristo une con lazos inefables en su misma Persona. Este es el misterio de la eucaristía. Y comulgar con los hermanos es comulgar a Cristo por la misma caridad.

Por lo tanto, prepararnos y preparar a otros para vivir con profundidad el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es prepararnos a vivir en comunión, es construir la unidad en las comunidades, en las familias, en las instituciones, en definitiva en la Iglesia. La comunión expresa con evidencia incuestionable el misterio de la eucaristía. Recibir el sacramento de la comunión, es recibir la Persona de Cristo, y por lo tanto, manifestar que en El recibimos a los hermanos, a la comunidad. Y es también, expresar nuestro compromiso de trabajar por la unidad en el respeto y acogida de la diversidad.
Todo este proceso de fe, parte sin duda de la experiencia profunda y personal de encontrarnos con Cristo. “Se trata de una experiencia que introduce en una profunda y feliz celebración de los sacramentos, con toda la riqueza de sus signos. De este modo la vida se va transformando por los santos misterios que se celebran, capacitando al creyente para transformar el mundo. Esto es lo que se llama “catequesis mistagógica”.(AA. 290)

Como catequistas y agentes de pastoral, nos corresponde la misión de favorecer esta experiencia y fortalecer los lazos y caminos de comunión, en los grupos de niños que tenemos a cargo, en los jóvenes y en las familias que acompañamos, en los más marginados a quienes servimos con predilección, y en fin, en la comunidad eclesial en la que somos miembros vivos.

“La Iglesia es comunión. Las Parroquias son células vivas de la Iglesia y lugares privilegiados en los que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y de su Iglesia….Sobre todo hoy, cuando la crisis de la vida familiar afecta a tantos niños y jóvenes, las Parroquias brindan un espacio comunitario para formarse en la fe y crecer comunitariamente.” (AA 304)

Si reconocemos que la Eucaristía es el corazón de la Iglesia, que es fuente y culmen de su vida, nuestra tarea como catequistas tendrá que estar siempre al servicio de la comunión, de lo contrario, se reducirá al sacramentalismo vacío y al espiritualismo desencarnado.

"MARÍA REINA DE LA PAZ " 30° MEDJUGORJE


Amor a la santa Eucaristia , hna Nirmala.


Amor a la santa Eucaristía, a la santa Misa y a nuestro Señor presente en el Santísimo Sacramento


de la hermana Nirmala

Queridos pastores del pueblo de Dios y todas mis hermanas, las Religiosas de los EE.UU. y a todos mis hermanos y hermanas.
Me siento profundamente agradecida con el Consejo de las Superioras Mayores de las Religiosas en los Estados Unidos de América por brindarme este privilegio de profesar junto con ustedes el día de hoy mi fe y amor sencillos por Jesús Eucaristía; así como por permitirme compartirles mi humilde presentación sobre el tema “Amor a la santa Eucaristía, a la santa Misa y a nuestro Señor presente en el Santísimo Sacramento”.
Que el corazón de Jesús en el 
Santísimo Sacramento del altar
sea alabado, 
adorado y amado con un amor 
agradecido a cada instante 
en todos los sagrarios del mundo 
hasta el fin de los tiempos.
Amen
Hay una historia acerca de un cachorro de león que se perdió en el bosque y que fue encontrado por un pastor quien lo llevó a casa y le permitió que creciera junto con sus ovejas. Un día, un león pasaba por ahí y vio a este leoncito entre las ovejas, que comía pasto y balaba. El león le dijo al cachorro: “¿Que estás haciendo ahí? ¿Por qué estás comiendo pasto y balando como una oveja? ¿No sabes que no eres una oveja sino que eres un león? El cachorro comenzó a balar aun más. Entonces el león se llevó al cachorro a un pequeño lago cercano y le dijo: “¡mira tu reflejo en el agua y después voltea a verme a mi y sabrás quién eres!”. El cachorro obedeció y para su sorpresa se veía igual que el león. Entonces este le dijo: “Si, eres un león. Se supone que tú no debes de comer pasto ni balar, sino que debes de comer carne, beber sangre y rugir.” Entonces el león le pidió al cachorro que rugiera, y con unos cuantos intentos el cachorro de león fue capaz de rugir y supo que en realidad era un león.
Nosotros los seres humanos también, quienes hemos sido creados por Dios nuestro Padre a imagen y semejanza suya para amar y ser amados ahora y por toda la eternidad, debemos de comer la carne y beber la sangre del Cordero de Dios y ser llenados con Su Espíritu y “rugir” con amor como el León de Judá, Jesús Su Hijo unigénito, y saber que nosotros también somos hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas de Jesús y de cada ser humano y de toda la creación.
La Eucaristía es el alimento dado por nuestro Padre en el cielo para nosotros, sus hijos. Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.” (Jn 6, 51, 56)
¡Que Misterio de misterios! ¡Misterio de amor! La Eucaristía es el esplendor de la increíble pasión de Dios por la humanidad. Jesús, el resucitado Señor de la gloria en los cielos está verdaderamente presente en la tierra bajo las humildes apariencias de pan y vino, como alimento y bebida para los hombres para la inmortalidad, para una vida de amor eterno. La Eucaristía es el sacramento de la ternura de Dios para con el hombre, sacramento de amor, sacramento de la presencia de Jesús entre nosotros - Emmanuel, la Palabra hecha carne que nació de la Virgen María en Belén.
Es El, “en el mundo estaba”, como dice San Juan, “y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” y ellos “han contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito.” (Jn 1: 10-12, 14)
Jesús en la Eucaristía es el mismo Jesús que fue bautizado en el Jordán por Juan el Bautista, sobre quien el Espíritu de Dios descendió de los cielos en forma de paloma y de quien el Padre da testimonio: “Este es mi hijo amado en quien me complazco”.
Es El, quien cambió el agua en vino, multiplicó cinco panes y dos peces para alimentar a la multitud, se llamó a sí mismo la Luz del mundo, le pidió a la mujer samaritana de beber. Es El quien proclamó: “si alguno tiene sed, que venga a mi y beba”. Jesús en el Santísimo Sacramento es el mismo Jesús que calmó los mares tempestuosos, causó la pesca milagrosa, predicó la Buena Nueva a los pobres, sanó a los enfermos, liberó a los cautivos, resucitó a los muertos y fraternizó con los pecadores y los marginados. Es El, el Cordero de Dios que sacrificó Su vida en la Cruz por amor a nosotros para quitar nuestros pecados y darnos la vida eterna. Es El, quien resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre intercediendo por nosotros.
Jesús nos ama tanto que desea intensamente permanecer con nosotros en la tierra hasta el fin de los tiempos ya que “Su alegría es estar con los hijos de los hombres”. En la ingenuidad de Su insondable amor inventó una manera completamente nueva de permanecer con nosotros en la tierra bajo las apariencias de Pan y Vino como nuestro alimento y bebida para nuestro andar hacia la casa de Dios nuestro Padre. Así pues, la noche que iba ser entregado, Jesús instituyó el sacrificio Eucarístico de su cuerpo y de su sangre como memorial de su muerte resurrección y les mandó a sus apóstoles celebrarlo hasta su regreso. De esta manera los hizo sacerdotes de la nueva alianza para perpetuar y hacer presente en los altares el sacrificio de Jesús en la Cruz hasta el fin de los tiempos y multiplicar Su presencia Eucarística en todos los rincones de la tierra para que así todos aquellos que lo deseen puedan acercarse a El fácilmente (CCC: 1323,1337)
Le Eucaristía es el Sacramento del sacrificio de Jesús en la Cruz y de Su presencia; El viene a nosotros en nuestros altares durante el sacrificio eucarístico gracias a la invocación del Espíritu Santo y el pronunciamiento de las palabras de Cristo por el sacerdote, aquellas pronunciadas por el mismo Cristo durante la Última Cena sobre el pan y el vino. El pan se transforma en el Cuerpo de Cristo y el vino en la Sangre de Cristo aunque la apariencia de pan y vino permanezcan.
¿Qué es lo que ha pasado? Lo que ha pasado es el gran milagro de la transubstanciación. La sustancia del pan y del vino ha desaparecido y la sustancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Señor resucitado que está sentado a la diestra del Padre en los cielos, ha tomado su lugar. El Cuerpo de Cristo ahora se ve como pan, sabe, huele, se siente y pesa como pan, pero no es pan; es el Cuerpo de Cristo que estuvo colgado de la Cruz. La preciosísima Sangre de Cristo se ve como vino sabe, huele, se siente y pesa como vino, pero no es vino; es la Sangre de Cristo, la que derramó por nosotros en la Cruz. Jesús, quien ahora está en el cielo, está real, verdadera y substancialmente presente en la Eucaristía. Es el misterio de fe en la divina presencia donde nuestra razón humana queda completamente desconcertada y nuestros sentidos son engañados completamente.
La Iglesia proclama su fe en el misterio del Eucaristía cuando canta junto con Santo Tomas de Aquino:
“Divinidad aquí oculta, a quien yo adoro,
disimulada en estas escuetas sombras, 
forma y nada más,
mirad, Señor, a tu servicio, 
se rinde aquí un corazón,
perdido, todo perdido en la maravilla 
ante el Señor que vos sois”
Jesús se presenta ante nosotros bajo oculta majestad porque nuestros sentidos no están acondicionados para tolerar la deslumbrante luz de Su gloria; y El viene a nosotros bajo tan humilde apariencia para no asustarnos, sino para acercarnos a Su Corazón. Jesús en el Santísimo Sacramento nos acerca con un amable, suave poder de Su amor que es para todos, ya sean jóvenes o viejos, ricos o pobres, educados o ignorantes, santos o pecadores, sanos o enfermos, hombres o mujeres y niños de todas las naciones, culturas y religiones. El se encuentra ahí para todos, sediento del amor de cada uno y para ser amado por cada uno. Todos aquellos que se acercan a El encuentran paz, gozo y amor.
Por esta razón el beato Francisco, el pastorcito de Fátima, fue capaz de pasar horas consolando a Jesús en su oculta presencia en la Eucaristía por los muchos pecados en el mundo.
Hay una historia acerca de un niño de cuatro años que no se encontraba en su casa una mañana. Después de una desesperada búsqueda, su madre lo encontró en la iglesia sentado en el piso del santuario ante el tabernáculo riendo alegremente. Cuando su madre le preguntó: “hijo, ¿qué estás haciendo aquí?” él le respondió: “le estoy contando a Jesús el cuento de Alibaba y los 40 ladrones.” Jesús, seguramente debe de haber disfrutado el cuento de este pequeño.
Un joven de Calcuta escribe: “no comprendo aun que es lo que más me interesa de la Iglesia, pero comencé a venir con frecuencia y a pasar horas y horas sentado ante el Santísimo Sacramento. Aun cuando yo era hindú en ese tiempo, sabía algo acerca de la fe católica. Comencé a pensar porqué las Misioneras de la Caridad Contemplativas se sentaban ante el Santísimo Sacramento durante todo el día, lo cual me hizo orar pidiendo un aumento de fe en el Santísimo Sacramento. Después de esto, caí en la cuenta de que había comenzado a hablarle a Jesús como a cualquiera de mis amigos. Pasé horas y horas contemplando al Santísimo Sacramento sin moverme y sin saber lo que ocurría a mi alrededor”. Ahora, este joven es un candidato en una congregación religiosa y aspira al sacerdocio.
Jesús ama jugar “a las escondidas” con nosotros. Si nosotros sinceramente lo buscamos con fe y amor lo encontraremos, y una vez que lo hemos encontrado, ¡hemos encontrado el mayor tesoro! Pero no podemos encontrarlo sólo para nosotros mismos, debemos compartirlo con los demás. Mientras más compartamos su amor con otros, más lo habremos encontrado a El. Mientras lo retengamos sólo para nosotros, El escapará y nos dejara desolados y secos.
Una mujer hindú mentalmente enferma, que amaba a Jesús, vino a nuestra capilla en Calcuta cuando estábamos teniendo una Adoración Eucarística. Al final de la Adoración, cuando el Santísimo Sacramento era repuesto y el tabernáculo se cerraba exclamó: “¿Creen que pueden encerrarlo ahí? Se va a salir, ¡él es Dios!”. Que hermosa profesión de fe en la divinidad de Jesús en el Santísimo Sacramento por de parte de una supuestamente enferma mental. Sólo el espíritu de Dios es quién puede revelárselo. Lo que El oculta de los doctos e inteligentes se los revelar a los pequeños.
Jesús en la eucaristía esta sediento de amor y nos da consuelo al estar amorosa y constantemente con nosotros, al dirigirnos y enseñarnos por medio de enviarnos al Espíritu Santo, al alimentarnos y nutrirnos con su mismísimo Cuerpo y Sangre y transformarnos en El mismo y darnos la vida eterna. El también quiere enviarnos al Espíritu Santo para unirnos como una familia con el vínculo del amor. El quiere hacer por nosotros y por el mundo lo que hizo durante su vida terrena por las personas de su tiempo. El esta sediento de que vengamos a El con fe y confianza en su amor incondicional por nosotros.
Jesús, con su corazón humano mora en la Eucaristía y esta sediento de nuestro amor. Estando santa Margarita María ante el Santísimo Sacramento Jesús le mostró su Corazón y le dijo: “he aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha reparado en nada hasta el punto de desgastarse y de ser consumido para probar su amor por ellos. Y a cambio, yo recibo de la mayoría de los hombres sólo ingratitudes a causa de las irreverencias y sacrilegios y frialdades y burlas que tienen para mí en este Sacramento del amor. Pero lo que más me ofende, es que se comporten así corazones consagrados a mi.”
El pidió entonces la celebración de la fiesta de Su Sagrado Corazón, recibiendo la santa comunión ese día en reparación a Su Corazón, para expiar todas las deshonras de que ha sido objeto siempre desde que ha sido expuesto en el altar. El ha prometido derramar sus bendiciones a aquellos que honran su Sagrado Corazón así y que encaminen a otros a hacerlo.
Jesús en el Santísimo Sacramento reveló su Corazón Misericordioso a Santa Faustina, pidiéndole que le ofrezcamos al Padre Celestial Su Cuerpo y Su Sangre, alma y divinidad en satisfacción por nuestros pecados y los pecados del mundo entero. El esta sediento de derramar toda su misericordia sobre nosotros.
Mientras más sepamos cuan sediento está Jesús de amarnos y ser amado por nosotros en la Eucaristía, más lo amaremos y vendremos presurosamente a El. El amor a la Eucaristía es el fruto de la fe. Es el don de Dios derramado nuestros corazones gracias al Espíritu Santo por el cual nuestros ojos interiores se abren y reconocemos quién está en el Santísimo Sacramento, y a semejanza de Juan gritamos: “¡es el Señor!” y nuestros corazones son atraídos a El en profunda intimidad.
Podemos pedir este don con fe y perseverancia y prepararnos a recibirlo al contemplar la sed de Dios por nosotros en los diferentes misterios de la vida de Cristo con el Corazón de María, Su Madre. El Rosario es un medio excelente para este Corazón de María, la Madre y primer tabernáculo de Jesús, y la llave para comprender y amar la eucaristía. Ella, quien lo llevó en el tabernáculo de su seno por nueve meses y lo ponderó profundamente en su Inmaculado y Traspasado Corazón durante toda su vida incluyendo cuando se encontraba al pie de la Cruz y El exclamó: “mujer, he ahí a tu hijo”, “tengo sed”, “todo ha sido consumado”, puede revelárnoslo a El y a su infinita sed a nosotros sus hijos. Ella, quien guarda a Jesús en su corazón, lo amó y adoró desde el momento de la concepción mientras estaba en esta tierra y continúa a adorarlo hasta el día de hoy en los cielos, así como en todos los tabernáculos del mundo, puede comunicarnos su propio amor y ternura por Jesús en la Eucaristía y su espíritu de profunda adoración, si nosotros se lo pedimos.
Al conocer mejor los milagros del amor de Dios contenidos en el Sacramento del Eucaristía, más amaremos a Jesús en este Sacramento del amor. Al conocer mejor por medio del estudio, contemplación y oración las enseñanzas de la Iglesia Católica acerca del sacramento del Eucaristía, más amaremos a Jesús en éste Sacramento. Al amarlo más a El, más desearemos conocerlo de manera más profunda e íntima. Los escritos y ejemplos de los santos y mártires devotos a Jesús en la Eucaristía se vuelven provechosos para nosotros; nuestros corazones comienzan a arder en amor por la Eucaristía. La fe simple de las personas en la bondad y el poder de Jesús en la Eucaristía sostienen nuestra propia fe.
Una vez que nuestros corazones han sido heridos con el amor a Jesús, no tenemos momento de calma fuera del apasionamiento de su amor sino solo en presencia de la Eucaristía.
Dice San Juan de la Cruz: “La presencia y forma del amado es la única cura para nuestro mal de amor”. La Eucaristía llega a ser nuestro éxtasis, nuestra visión beatifica de Dios en este extremo de la eternidad. Jesús, el Corazón de Dios y el Corazón de hombre en la Eucaristía llega a ser nuestro hogar, nuestro sitio de reposo.

Anhelamos el sacrificio eucarístico, la santa comunión y pasamos cuánto tiempo nos es posible en presencia de Jesús en la Eucaristía permitiéndole amarnos y diciéndole todo el amor que sentimos por El cada día, como nos lo pide nuestro santo padre Juan Pablo II a nosotras las religiosas, y también para adorar a Jesús, alabándolo y agradeciéndole e intercediendo por las necesidades del mundo. Cuando no nos es posible estar ante su presencia sacramental lo portamos dentro del tabernáculo de nuestros corazones y mentes y comulgamos con El en el silencio de nuestros corazones, invocando sin cesar su nombre o haciendo innumerables comuniones espirituales.
Nuestra Madre, la beata Teresa de Calcuta quien amaba a Jesús apasionadamente amaba cantar:
“O Jesús, o amadísimo Señor Jesús, 
perdóname si digo,
por puro amor tu sacratísimo 
nombre mil veces al día.
Te amo, así que no sé cómo controlar
mis embelesos,
tu amor es como una flama 
ardiente dentro de mi alma”
Santa Teresa de Avila solía decir a sus hermanas: “Permanezcamos amorosamente con Jesús y no desperdiciemos la hora siguiente a la comunión. Es un tiempo excelente para rendir ante Dios los asuntos concernientes a nuestra alma.”
San Ignacio de Loyola solía hacer su acción de gracias de rodillas por dos horas.
El Cura de Ars solía adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento con tal fervor y devoción que las gentes creían que estaba viendo a Jesús cara a cara.
San Francisco de Asís a menudo solía pasar noches enteras ante el altar con tal amor y humildad que aquellos que lo observaban en adoración quedaban profundamente conmovidos.
Santa Francisca Javier Cabrini se absorbió tanto en la adoración a Jesús en el Santísimo Sacramento que fue totalmente inconsciente de los hermosos arreglos florales que sus hermanas habían hecho para decorar el altar durante la fiesta del Sagrado Corazón, y dijo: “yo vi sólo una flor: Jesús, ninguna otra.”
Los mayores sufrimientos de San Juan de la Cruz durante su encarcelamiento fueron por no ser capaz de celebrar la misa o recibir la santa comunión por nueve meses.
En San Padre Pío, Jesús vivía de nuevo Su Pasión, especialmente durante la celebración del sacrificio de la misa, y lo usó para traer un sinnúmero de pecadores de regreso a Dios.
El amor de nuestro Santo Padre Juan Pablo II por la Eucaristía es incomparable. Podemos verle a él como a Cristo en la Cruz, ofreciendo el sacrificio de su vida por la salvación y santificación de cada ser humano por unidad de todos los cristianos y de toda la humanidad para que todos seamos uno como Jesús está en el Padre y el Padre en El.
Nuestra Madre, la beata Teresa de Calcuta, tenía una fe y amor por Jesús en el Santísimo Sacramento tremendos. Cuando recibió su Primera Comunión a la edad de cinco años y medio, Jesús llenó su tierno corazón con Su propia sed de almas; al paso del tiempo, saciar la sed de Jesús en la Cruz por las almas llegó a ser el Objetivo de la Congregación de los Misioneros de la Caridad, la congregación religiosa que ella fue llamada a fundar. Muchas de las comunicaciones de Jesús con Madre referentes a la fundación de nuestra Sociedad tuvieron lugar durante la santa misa y la santa comunión y en adoración ante el Santísimo Sacramento.
Ella tenía una confianza ilimitada en el poder de Jesús en el Santísimo Sacramento. Incluso antes de comenzar la Congregación, Madre le preguntó al Arzobispo de Calcuta: “¿Cuántas debemos ser para tener al Santísimo Sacramento con nosotras? - El trabajo que habremos de hacer será imposible sin la gracia continua del tabernáculo. El tiene que hacer todo, nosotros sólo seguirlo.”
En la manera que Madre hacia la postración profunda ante el Santísimo Sacramento nosotras sabíamos que ella sabía quién estaba presente en el Santísimo Sacramento y que lo amaba apasionadamente. El sacrificio eucarístico y la adoración fueron su propia vida; ella participaba en éstos con un gran amor y entusiasmo. Durante la santa comunión Madre permanecía silenciosa y muy recogida en oración profunda. Incluso cuando Madre llegaba a media noche o después de la medianoche de sus viajes, a la mañana siguiente ella estaba en la capilla para la oración y la santa misa, (levantándose a las 4: 40 a.m.) Durante la adoración del Santísimo Sacramento podíamos ver a Madre profundamente absorta rezando el rosario.
Jesús en la Eucaristía tiene el papel central en nuestra vida como Misioneros de la Caridad. Cuando Jesús les pidió a Madre fundar la congregación de los Misioneros de la Caridad, durante la santa comunión El le expresó que deseaba que los Misioneros de la Caridad fueran: “Víctimas de Su amor, que fueran Marta y María, que estuvieran tan unidos a El como para irradiar su amor sobre las almas.” El quiere que nosotros seamos “Su fuego de amor” entre los pobres, los enfermos, los moribundos y los niños pequeños. El quiere que nosotros estemos “cubiertos con Su pobreza en la Cruz, obediencia de la Cruz y caridad de la Cruz.” Nuestra Madre decía: “debemos de impregnarnos del Espíritu de la santa misa, el cual es de completo abandono y entrega. Nuestra vida debe de estar entretejida con la Eucaristía.”
Cuando amamos a Jesús en la Eucaristía y nos damos cuenta del gran amor que tiene por nosotros deseamos compartir sus sufrimientos correspondiendo amor con amor. Nuestro amor por el sacrificio eucarístico, memorial de la Pasión, muerte y resurrección de Jesús nos llama a estar en la Cruz con él, a ser fraccionados y repartidos a otros para que ellos puedan tener vida y vida en abundancia. Es también un llamado a estar al pie de la Cruz de nuestros hermanos y hermanas sufrientes en los Calvarios de hoy. Todas nuestras obras de misericordia entre los más pobres de los pobres son una prolongación del sacrificio eucarístico que hemos ofrecido. En el sacrificio eucarístico traemos los sufrimientos de todos nuestros hermanos y hermanas que viven en la pobreza y el hambre, en el dolor y la obscuridad para unirlos a los sufrimientos de Jesús en la Cruz. En la santa comunión recibimos a Jesús junto con todos aquellos que lo conocen y lo aman y a nombre de todos aquellos que no lo conocen y no lo aman o que no se atreven a conocerlo o a amarlo. En nuestra adoración eucarística al Santísimo Sacramento no sólo traemos ante la divina presencia de Jesús en la Eucaristía a los santos e inocentes para la preservación de la inocencia y la prevención del pecado y para incrementar la santidad; traemos también a la humanidad enferma de pecado y sufriente para hacer sanada, sostenida y transformada por la gracia de Jesús irradiada desde la Eucaristía. Nuestra Madre decía: “mientras mejor conozcamos el Pan de Vida, más ferviente será nuestra adoración”. Mas adelante dijo: “Aprecien el don de estar con Jesús 24 horas al día. Que es su entrar y salir de la capilla no sea sólo entrar y salir, sino un encuentro con el Dios vivo a quien pertenecen de manera especial – su Esposo en el sentido más profundo de la palabra.”
En nuestro servicio gratuito y de todo corazón a los más pobres de los pobres nosotros les llevamos el don de Jesús, Su amor, paz y alegría a través de las cosas sencillas que seamos capaces de hacer ante sus necesidades.
En cuanto nos es posible, en todas nuestras casas para los pobres tenemos una capilla asociada, donde aquellos que lo deseen pueden venir ante la presencia eucarística de Jesús para recibir Su paz, Su amor curativo y Su alegría.
En las casas de nuestra Rama Contemplativa tenemos adoración a Jesús en el Santísimo Sacramento durante todo el día, ya sea en la iglesia parroquial o la iglesia designada para este propósito o en nuestros propios conventos donde las personas son libres desde venir y para pasar tiempo ante la presencia del Señor Eucarístico.
Nuestros jóvenes voluntarios de todas las partes del mundo que vienen a compartir nuestras obras de amor por los más pobres de los pobres nos acompañan durante la misa matutina, y después de haber servido a los más pobres de los pobres a lo largo del día, regresan por las noches para unírsenos en la adoración al Santísimo Sacramento. Muchos de nuestros voluntarios han encontrado su vocación al sacerdocio y a la vida religiosa e incluso a la vida matrimonial durante su estancia con nosotros.
Madre de solía llamar “tabernáculos” a nuestros conventos. Tenía bastante confianza de que incluso después de que ella regresara a casa con Dios, Jesús en la Eucaristía presente en todos estos tabernáculos estaría atento a que continuara y creciera la obra que El mismo le había encomendado. ¡Y es esto exactamente lo que El ha estado haciendo!
El amor por la Eucaristía nos llena de un profundo amor y gratitud por el don del sacerdocio dentro de la Iglesia. Así mismo nos hace tomar conciencia del valor y la necesidad que tenemos de los sacerdotes y de la necesidad de orar por las vocaciones sacerdotales y la santidad de los sacerdotes.
Nuestra Madre amaba a los sacerdotes. Ella podía ver a Jesús en ellos. De igual manera veía la necesidad de que los sacerdotes fueran santos por la dignidad y responsabilidad de la vocación sacerdotal. Así pues, para promover la santidad de los sacerdotes y la renovación espiritual dentro de la Iglesia, Madre inició el trabajo de unir a los obispos y sacerdotes, principalmente a los sacerdotes diocesanos del mundo entero con Hermanas en varias congregaciones religiosas como “Intercesoras [como] Verónica” para apoyarlos espiritualmente por medio de la oración y sacrificio.
Para el mismo fin, Madre quiso también el resurgimiento del Movimiento Corpus Christi para Sacerdotes, especialmente para sacerdotes diocesanos que desearan compartir el carisma que Dios ha dado a la Iglesia por medio de Madre y de los Misioneros de la Caridad.
Es un gozo enorme ver crecer la devoción a Jesús en el Santísimo Sacramento en todo el mundo. Esta es obra de Espíritu Santo, quien lleva a las personas a una comprensión mas profunda de la presencia real de Jesús en la Eucaristía y a tal respuesta de amor y fe en El. Es muy bueno ver tantas iglesias aquí en los EEUU donde hay adoración perpetua al Santísimo Sacramento.
Una maña, al salir de la estación del Metro en la ciudad de Nueva York, me encontré frente a una de tales iglesias, la iglesia de San Juan Evangelista, donde los Padres del Santísimo Sacramento de San Pedro Julián Eymard tienen diariamente Adoración de todo el día al Santísimo Sacramento. Algunas de mis hermanas me habían hecho referencia de esto con gran alegría. Con gran entusiasmo entré en la iglesia y comencé a buscar a Jesús; de pronto lo encontré en gran majestad expuesto en una gran custodia bien arriba del altar. Me arrodillé ante Su presencia con el corazón lleno de alegría. En breve fue momento de irse, no quería irme, pero tuve que desgarrarme y dejar Su presencia eucarística pues íbamos de camino a la embajada italiana. De camino pensaba en lo hermoso que es tener una iglesia tal en el centro de la ciudad, con las puertas abiertas para acoger a todos en la presencia eucarística de Jesús expuesto en el Santísimo Sacramento. Qué hermoso apostolado sería tan solo decirles a las personas que pasan, especialmente a los pobres, los enfermos, los solitarios, los rechazados, los jóvenes y viejos: “¡Vayan ante Jesús, El los espera con los brazos abiertos! El los ama. Compartan con El todos sus problemas, dificultades y necesidades. El tiene el poder para ayudarlos, El les dará la paz.”
De regreso teníamos que pasar por el mismo lugar. Estuve tentada seriamente a volver a entrar en la iglesia y estaba luchando con todas mis fuerzas, pero al llegar al punto donde teníamos que doblar la esquina rumbo a la estación del Metro, sentí tal “jalón” del Santísimo Sacramento para volver a entrar que no me pude resistir y le dije a la Hna. Francita, mi compañera: “Entremos”. Al ir subiendo por las escaleras de la iglesia un joven pobre con el cabello largo y ropas raídas, muy probablemente un drogadicto, me pidió un poco de dinero (¢25) para café. Yo solo sonreí y entré preguntándome si debería de darle el dinero o el café. Al hincarme ante el Santísimo Sacramento sentí que todo estaba obscuro; Jesús ya no estaba para mí ahí; había dejado la custodia y estaba sentado en las escaleras de la iglesia. Si yo no le doy lo que El me esta pidiendo, estar arrodillada ahí para adorarlo es una burla. De inmediato decidí darle el café. Justo en ese instante una señora me tocó el hombro y me preguntó a cual congregación pertenecía, le respondí: “Misioneras de la Caridad, Hermanas de Madre Teresa.” Ella me dio un dólar y me dijo: “esto es para un café.” ¡Nos tomó por sorpresa! Nos llevamos al joven con nosotras y le compramos un café y un bocadillo. Pude ver el cielo en sus ojos y en los ojos de la Hna. Francita cuando se los estaba entregando.
Quedé tan alegre por esta experiencia que casi no pude dormir esa noche. A la mañana siguiente Madre desayunó con nosotras, y cuando le relaté mi experiencia me dijo: “¡ese es nuestro carisma! Jesús a quien amamos y adoramos en el Santísimo Sacramento, lo amamos y servimos en los más pobres de entre los pobres. Mientras mas tierno es nuestro amor por Jesús, el Pan de Vida en la Eucaristía, más tierno debe de ser nuestro amor por el Cristo hambriento en los pobres. Jesús viene a nosotros en la Eucaristía para satisfacer nuestra hambre y sed de Dios. El viene a nosotros como el más pobre de entre los pobres, como el hambriento, el sediento, el desnudo, el desamparado, el enfermo, el moribundo, el no amado, el no deseado, para darnos la oportunidad de saciar Su sed de nuestro amor.”
Un poco más tarde esa mañana, frente a mis propios ojos, deslizaron un sobre por debajo de nuestra puerta de entrada. Contenía una donación anónima por 90 dólares americanos. El día anterior habíamos gastado 85 centavos en ese joven y al día siguiente Jesús en el Santísimo Sacramento nos enviaba 90 dólares, ¡más que el ciento por uno!
Dice San Juan Crisóstomo: “¿Quieres honrar el Cuerpo de Cristo? Entonces no lo desprecies en Su desnudez, ni quieras honrarlo aquí en la iglesia con vestiduras de seda mientras lo abandonas fuera donde pasa frío y esta desnudo pues El, que dijo: “Este es mi cuerpo” y así se hizo por su palabra, dijo también: “me viste hambriento y no me diste de comer. ¿Qué de bueno tener que la mesa Eucarística rechine por el peso de los cálices de oro cuando Cristo está muriendo de hambre? Primero satisfácelo cuando tiene hambre, y después usa los medios que te sobren para adornar su mesa.”
Pidamos a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento que nos dé Su Corazón, tan puro, tan hermoso, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad que podamos ser capaces de amar y adorar a Jesús, el Pan de Vida en la Eucaristía como Ella lo hace, y a ver Su rostro en los rostros de nuestros hermanos y hermanas que sufren bajo cuyo disfraz El esta viviendo, tal ves en nuestras propias casa o caminando por nuestras calle, tendido en nuestros hospitales o parques o edificios abandonados, para que hagamos con amor aquello que necesitamos hacer y que seamos bendecidos al ciento por uno con Su propia paz, amor y alegría, hoy y para siempre, por que El ha dicho: “lo que hicieres al mas pequeño de mis hermanos, a mi me lo hiciste.”
Muchas gracias. ¡Que Dios nos bendiga a todos!
 
Sr. M. Nirmala MC
25 de septiembre de 2004