4 nov. 2013

Jesús contesta preguntas difíciles-LC 20,27-38

 Tema: ¿Hay una resurrección? ¿Cómo será el cielo? Propio DOMINGO 32- Año C

Objeto: Un dibujo de una cebra.

 "Ni tampoco podrán morir, pues serán como los ángeles. Son hijos de Dios porque toman parte en la resurrección (Lucas 20:36).
 
Uno de los animales más interesantes en la tierra es la cebra.  El hábitat natural de la cebra son las planicies y semi-desiertos de la parte este y sur de Africa.  Muchos de ustedes han visto una cebra, por lo menos en un zoológico.  He aquí algunos datos interesantes acerca de la cebra:

•La cebra es miembro de la familia de los caballos y puede correr a una velocidad de 35 millas por hora.

•Llegan a tener una altura de 4 a 5 pies.

•Las crías de las cebras pueden caminar a los 20 minutos de haber nacido.

He aquí una pregunta interesante para tí: ¿Las cebras, son blancas con líneas negras o negras con líneas blancas?  Algunos dicen que como su abdomen o barriga es blanca, ellas deben ser blancas con líneas negras.  Otros opinan que si las afeitaras, encontrarías que tienen una piel negra, así que deben ser negras con líneas blancas.  Esta pregunta se ha discutido por cientos de años.  Por lo que he leído, muchos científicos de hoy creen que son negras con líneas blancas, pero algunas personas todavía les gusta discutir sobre ese asunto.  Honestamente, no estoy seguro acerca de esto.

En el tiempo de Jesús había personas que les gustaba discutir y argumentar sobre preguntas difíciles. Un grupo que gozaba de esto era el de los saduceos, líderes religiosos que no creían en la resurrección.  Un día el grupo de saduceos se acercó a Jesús y le hizo una pregunta, buscando la manera de engañarlo, para que estuviera de acuerdo con él en que no existía la resurrección.  Los  saduceos le hicieron esta pregunta: "Maestro, Moisés nos enseñó en sus escritos que si un hombre muere y deja a la viuda sin hijos, el hermano de ese hombre tiene que casarse con la viuda para que su hermano tenga descendencia. Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar hijos. Entonces el segundo y el tercero se casaron con ella, y así sucesivamente murieron los siete sin dejar hijos. Por último, murió también la mujer. Ahora bien, en la resurrección, ¿de cuál será esposa esta mujer, ya que los siete estuvieron casados con ella?Esa sí era una pregunta difícil, ¿no es así?  Bueno, la misma no turbó a Jesús.

Él contestó: "La gente de este mundo se casa.  Pero en  el mundo venidero los resucitados no se casarán ni serán dados en casamiento, ni tampoco podrán morir.  Vivirán por siempre como hijos de Dios.

Jesús continuó diciendo: "Pero que los muertos resucitan lo dio a entender Moisés pues llama al Señor "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob". Él no es Dios de muertos, sino de vivos."

Después de esta contestación no se atrevieron a hacerle más preguntas.

Tú y yo sabemos que la Biblia nos promete que si amamos a Jesús y confiamos en él, viviremos con él en el cielo. ¿No les da pena saber que hay personas que no creen que hay una resurrección y una vida eterna en el cielo?

Padre amado, estamos muy contentos por la promesa que nos has hecho de una vida eterna en el cielo.  Hemos orado en el nombre de Jesús.  Amén.

NUBES CELESTIALES: La maestra dibujará 3 nubes regordetas en papel duro tamaño carta. Los niños escribirán en las nubes: NO MORIREMOS; COMO LOS ÁNGELES; HIJOS DE DIOS y le pegarán bolitas de algodón en las orillas de las nubes. Se puede hacer una cuarta nube y escribir en ella LUCAS 30:36.

 

DESPLIEGUE DE NUBE CELESTIAL: Haga una nube enorme en una cartulina y póngala en la pared más importante del salón. Pídale a los niños que escriban estas palabras en la nube: VIVIREMOS PARA SIEMPRE COMO HIJOS DE DIOS. (Si desea puede colgar las 4 nubes hechas en la actividad anterior a diferentes niveles y colgando de esta nube.)

 

DESPLIEGUE DE PERSONAS: Haga el patrón de personas conectándose las unas con las otras y péguelas en una pared o puerta del salón. Encima de las personas hechas con papel pídale a los niños que peguen las palabras ÉL ES EL DIOS DE LOS VIVOS.

 

PALABRAS HECHAS CON LOS DULCES QUE SE ASEMEJAN A LOS GRANOS DE MAIZ: La maestra tendrá un envase con los dulces simulando granos de maiz para que los niños coman a la vez que los peguen en su cartón marrón o amarillo de 8” x 10”. Los niños pueden escoger palabras de la lección tales como AMA Y CONFÍA EN JESÚS, VIVE PARA SIEMPRE EN EL CIELO, o DIOS ES EL DIOS DE LOS VIVOS, etc.

 

JUEGO DE PALABRAS: La maestra tendrá palabras escritas en colores brillantes en una cartulina. Cada palabra estará cubierta con papel o papel de construcción. Los niños, en orden, quitarán uno de los papeles a la vez. Tratarán de adivinar lo que dice el afiche según vayan quitando los papeles que cubren las palabras. El afiche dirá, SI LE AMAMOS Y CONFIAMOS EN ÉL, VIVIREMOS CON ÉL EN EL CIELO PARA SIEMPRE.

 

ARTE DE LA CARITA ALEGRE EN PLATO DE PAPEL: Se le entregará un plato de papel a cada niño. En el centro del plato o alrededor del borde, los niños escribirán VIDA ETERNA EN EL CIELO. Con marcadores dibujarán caritas alegres por todo el plato o le pegarán etiquetas engomadas de caritas alegres. Si hay tiempo, la maestra puede pedirles que escriban LOS SADUCEOS NO CREÍAN EN LA RESURRECCIÓN y que dibujen caritas tristes o le peguen etiquetas engomadas de caritas tristes.

 

EL JUEGO DEL CIELO PARA SIEMPRE: Se le puede dar un dulcesito o alguna cosita pequeña a cada niño que pueda indicar algo especial que encontraremos en el cielo y que no tenemos aquí. (Jesús estará allí; no habrá mas llanto; no habrá dolor; no existirán las enfermedades; calles de oro; no habrá noche; cantos celestiales; ángeles; todas las personas que hemos amado y han muerto; etc.) Se pueden escribir en la pizarra o los niños pueden hacer un dibujito rápido de lo que están pensando para ver si los otros niños lo adivinan antes de escribirlo en la pizarra.

MEDITACION PARA LC 20,27-38 DOMINGO 32 t.O.

 La resurrección

En todas las grandes culturas antiguas de la humanidad siempre estuvo presente el mito de la vida después de la muerte: hindúes, mesopotámicos, egipcios y griegos. Lo mismo sucede en las culturas menos desarrolladas, pero cargadas de sentimiento religioso, como las australianas, africanas y americanas. Hablar de mitos no significa referirnos a leyendas carentes de sentido crítico, sino a una concepción de la vida expresada a través de vidas ejemplares.

No puede existir conciencia religiosa sin una fe en la trascendencia de la existencia de la vida humana, cualquiera que sea su forma. ¿De qué nos serviría la existencia de Dios si nos hubiera arrojado en el mundo para prescindir después de nosotros y de nuestras más inquietantes preocupaciones?

El hombre moderno, que vive en medio de una cultura científica y técnica tan desarrollada, parece que ha perdido el rumbo, viviendo intensamente el tiempo presente como refugio o evasión del futuro y eludiendo la pregunta sobre el sentido de la vida humana. Parece que le da miedo reflexionar sobre la muerte para encontrarle ese sentido necesario que evite considerar la existencia del hombre sobre la tierra como un absurdo. Como el tema de la resurrección está ligado al de la muerte, no podemos abordarlo sin preguntarnos: ¿qué es el hombre?; cuando uno se muere, ¿no hay nada más que hacer? Para el creyente de cualquier religión, el hombre viene de Dios. Lo que significa que la vida humana no puede analizarse sin una referencia al Dios de la vida, aunque todo a nuestro alrededor nos hable de muerte y destrucción. Con otras palabras: la misma fe que enseña el origen divino del hombre afirma el retorno a Dios.

La resurrección de los muertos es el centro de la fe cristiana, la columna vertebral del evangelio y de todo el Nuevo Testamento. Si se suprimiera de sus libros las referencias a la resurrección, quedarían sin base. Sin ella nuestra fe en Jesús de Nazaret no tendría sentido: "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados" (1Co. 15,19).

Creer en un Dios Padre que nos ama totalmente y pensar que este amor se limita a nuestro paso por la tierra, sería tener una lamentable imagen de Dios. Dios no puede amarnos sólo por un tiempo. Si nos hace partícipes de su vida, si establece una alianza de amor con nosotros, es porque la muerte no es el final de la vida humana.

Creemos en la resurrección, la esperamos, pero no podemos demostrarla ni imaginarla. Somos un poco como el niño antes de nacer en el seno de su madre: ¿qué sabe de la vida que le espera? Pero la vida que le espera es real, aunque él no pueda imaginarla. Una vida que ya vive, de alguna manera, en el seno materno. También nosotros, ahora, podemos vivir ya la vida de Dios; una vida que se construye paso a paso, día a día: en nuestro modo de amar, de luchar por la libertad y la justicia... Una vida que llegará a una plenitud que ahora no podemos ni imaginar (I Cor 2,9). Una vida que no podemos confundir con el vigor físico, con las energías juveniles. Por ello no podemos ser hombres tristes, por más motivos de tristeza que pueda haber en nuestra vida; ni vivir sin esperanza, por más razones de desesperanza que tengamos.

Las palabras de Jesús, en el texto que vamos a comentar, son un canto a la vida para siempre; una llamada a la plenitud transformadora, sin ninguna de las limitaciones que nos impone la vida presente.

Para muchos, el problema no está en saber si creen o no en la resurrección, sino en saber si tienen ganas de resucitar. Porque para tener ganas de resucitar es necesario tener antes ganas de vivir, de nacer a una vida que deseemos prolongar durante toda la eternidad. ¿Cómo desear eternizar una vida llena de sufrimientos, de conflictos, de soledad...? ¿Quién podrá soportar una vida eterna fuera de Dios? Sólo él ama lo bastante para que no le asuste una vida para siempre; sólo él es capaz de revelarnos una vida tan verdadera que deseemos detenernos en ella para siempre. La fe en la resurrección brota de un amor verdadero. Nuestra fe en la resurrección depende estrechamente de nuestra capacidad de amar.

2. El turno de los saduceos

La vida de Jesús está próxima a su fin. El ataque viene ahora de los saduceos. Formaban un partido aristocrático, político-religioso, poco numeroso. A él pertenecían los sumos sacerdotes y los senadores, aristocracia religiosa y seglar, conocidos por sus riquezas. Naturalmente, eran conservadores en política, materialistas natos y colaboradores de los romanos. Controlaban el sanedrín. De sus filas salieron casi todos los sumos sacerdotes desde el año 6 al 70 d.C. Su indudable habilidad política les permitió ocupar los puestos clave durante el reinado de Herodes y de los gobernadores romanos. Dominaban, por tanto, el sanedrín y el poder civil. Nunca pudieron ganarse al pueblo sencillo. Sus principales adversarios fueron los zelotes, por su lealtad a los romanos. Salen prácticamente de escena en el año 70, juntamente con la destrucción del templo. Sólo admitían como canónicos los cinco libros de la ley -Pentateuco-. Aceptaban también los escritos de los profetas, pero sin darles el carácter de canonicidad. Desde el punto de vista religioso, se distinguían de los fariseos, sobre todo, en dos puntos: afirmaban que sólo obliga la ley escrita, por lo que rechazaban las tradiciones orales de los antepasados -tan del agrado de los fariseos- y negaban la resurrección, admitida por los fariseos, aunque discutían entre ellos si resucitarían únicamente los justos, o sólo los judíos, o todos los hombres; además, los fariseos consideraban la otra vida como una prolongación de la de aquí; creencia no compartida por Jesús, como veremos. Esta diferencia esencial entre saduceos y fariseos la utilizó hábilmente el fariseo Pablo en su favor al dividirlos (He 23,8s).

No admitían la resurrección -doctrina que se había desarrollado en la tradición oral- por no estar contenida en los libros de la ley. No admitían más vida que la presente. Limitaban su horizonte al dinero, al honor y al poder en este mundo. Creían que el hombre prolongaba su existencia en los hijos; es decir, confundían la eternidad del hombre con la conservación de la especie humana -algo así como perpetuar el apellido-. Lo demás era para ellos doctrina popular y grotesca, que daba lugar a discusiones absurdas y sin sentido. La ley no solamente no conocía la existencia de una vida después de la muerte, sino que contenía, además, disposiciones que la hacían absurda, como el caso que le van a plantear a Jesús.

El segundo libro de los Macabeos (2 Mac 7,1-14) nos muestra que hacia el año 150 a.C. algunos grupos israelitas afirmaban sin vacilar su fe en la resurrección de los muertos. El profeta Daniel (Dan 12,2s) la afirma de un modo claro y formal. En tiempos de Jesús, muchos judíos creían en la resurrección de los muertos; resurrección que deducían de su fe en el Dios de la alianza. Los cristianos participamos de la misma convicción, pero tenemos una ventaja sobre los israelitas: la fe en la resurrección de Jesús.

Como Jesús comparte con los fariseos y con el pueblo la fe en la resurrección de los muertos, los saduceos quieren ponerlo en ridículo con un ejemplo grotesco, invocando la ley del levirato (Dt 25,5-6). Ley de difícil aplicación, frecuentemente olvidada y, en tiempos de Jesús, prácticamente anulada. El Talmud cuenta un caso semejante: un judío pierde a doce hermanos casados y sin hijos; acepta tomar a cada una de las viudas por mujer un mes al año, y al cabo de tres años era padre de treinta y seis niños.

Se acercan a Jesús sin palabras aduladoras y sin el apasionamiento típico de los fariseos. El caso que le proponen, que afirman ser real, sí podía atacar la doctrina farisea de la resurrección al considerar éstos la vida futura como una continuación de la vida terrena, provista en abundancia de todo lo que uno puede desear; es decir, en condiciones de plena felicidad. La anécdota de la mujer con siete maridos entraba, por tanto, en la casuística de los fariseos. "¿De cuál de ellos será la mujer?"

3. Doble argumentación de Jesús

Jesús les contesta con un doble razonamiento, cortando de raíz toda la base de su argumentación: afirmando la vida futura, que no es continuación de la actual, y citándoles un texto de la ley, que sí admitían los saduceos como canónico. Les hace ver que después de la resurrección los cuerpos no tienen la finalidad transitoria que tienen aquí. Es erróneo atribuir a los cuerpos resucitados las funciones sexuales que tienen en la tierra, como afirmaban muchos fariseos, que atribuían a la mujer resucitada una procreación prodigiosa, fruto de las bendiciones divinas, igualmente la sexualidad masculina sería igual de prolífera. La respuesta de Jesús se diferencia en gran medida de los fariseos. La vida que perdura no es una prolongación de la vida biológica, puesto que ya no está sujeta a la muerte. En ella están en vigor otras leyes ocultas a nosotros. Procede directamente de Dios. La vida de los resucitados será tan distinta y tan nueva, que es mejor evitar comparaciones con la presente. De ahí que Jesús responda con imágenes ambiguas: "Son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan de la resurrección". Lo que importa es el hecho de la resurrección. El matrimonio pertenece al mundo presente, es una realidad de aquí abajo, exigencia de una humanidad mortal, obligada a perpetuarse, a reproducirse. En el futuro ya no será necesario perpetuar la especie -finalidad primordial del matrimonio para los judíos-, al no existir ya la muerte. ¿Presenta Jesús el celibato como signo del reino de Dios?

"No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos". En la segunda parte de su razonamiento, Jesús les responde con el pasaje de la zarza ardiendo (Ex 3,6). Sabe qué libros sagrados admiten los saduceos, y les argumenta con ellos. El texto que les cita no afirma expresamente la resurrección, pero si Yahvé sigue siendo el Dios de los patriarcas es porque están vivos. Lo contrario carecería de sentido.

Extraña la frase: "Los que sean juzgados dignos de la vida futura..." Parece que la resurrección es un privilegio exclusivo de los justos. Jesús no entra en las discusiones de los rabinos sobre la resurrección de todos, de los judíos o de los justos. Afirma que los patriarcas -que si son "dignos"- viven; de los demás no trata. Lo mismo que prescinde de los otros fines del matrimonio.

Científicos modernos consideran absurda la idea de que vuelvan a la vida millones y millones de personas; afirman que el cadáver se disuelve por completo reintegrándose en el proceso circular de la naturaleza. Esta objeción no tiene en cuenta la afirmación fundamental de Jesús: la resurrección de los muertos pertenece a un orden completamente distinto, a un mundo creado de nuevo, que sobrepasa nuestras experiencias y representaciones. La resurrección no es la reanimación de un cadáver; es un salto cualitativo, una nueva existencia en la que entra toda la persona. Jesús habla de resurrección, no de inmortalidad; de vida nueva, de realidad transformada. Dice el libro del Apocalipsis: "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado... Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado... Ahora hago el universo nuevo" (Ap 12,1-5). San Pablo escribe profundamente sobre el particular (I Cor 15), empleando muchas imágenes para acercarse prudentemente a lo que quiere decir. Volver a esta vida y prolongarla no tendría demasiado sentido.

Jesús no ha querido hablar más de este misterio. Con su doble argumentación nos ha abierto las puertas a la mayor esperanza humana. Dios es fiel y ama la vida. Es inconcebible que haya creado al hombre sediento de vida ilimitada para abandonarle luego a la muerte. Trabajemos por la plenitud que anhelamos, por el amor sin límites..., pero no construyamos sueños en torno al cómo y cuándo será la resurrección. Dejémosla en las manos del Padre Dios. Los cristianos esperamos la resurrección porque creemos que Jesús ha resucitado y tenemos que participar de su mismo destino. La resurrección de Jesús es la prueba más evidente para nuestra fe.

4. La gran esperanza cristiana

"Maestro, has hablado bien". Es la respuesta de algunos letrados, sin duda de la secta de los fariseos, al verse apoyados en sus creencias. Aplauden la decisión de Jesús por sinceridad o política. Mateo nos narra la reacción de la gente de forma idéntica a la registrada después del sermón de la montaña (Mt 7,28): "La gente se maravillaba de su doctrina" (Mt 22,33). Marcos no hace ningún comentario sobre ello; termina Jesús diciendo a los saduceos: "Estáis muy equivocados" (Mc 12,27).

Sólo Lucas nos dice que "no se atrevieron a hacerle más preguntas". La respuesta de Jesús parece que dejó sin ganas a los saduceos de continuar su ataque. Es la reacción lógica de personas que tienen sus verdaderos intereses en otro sitio.

El texto que hemos comentado nos invita a recordar la gran esperanza que los creyentes llevamos en el corazón. La gran esperanza que nos dice que nuestra vida no está ordenada a desaparecer con la muerte. Seguiremos amando a las personas y a las cosas, veremos desaparecer definitivamente todo dolor y toda muerte, porque nuestro Padre Dios quiere acogernos en su reino y darnos su vida para siempre. Todo esfuerzo por amar, por buscar la justicia y la paz..., no se pierde; todo lo contrario: se está eternizando desde el mismo momento en que lo realizamos. ¿Cómo? No lo sabemos, pero permanece en la vida. No se pierde nada, todo tiene sentido en un camino que lleva a la vida total. Porque creemos en la vida, amamos, luchamos, buscamos la alegría, rehuimos la mediocridad, apreciamos todo lo que es humano...

Presentar la resurrección a los hombres que nos rodean no supone discutir sobre el texto evangélico, ni aportar argumentos filosóficos o teológicos. La mejor prueba que podemos darles es vivir cada día una vida realmente solidaria con los hombres, una vida que merezca realmente eternizarse, una vida que no nos cansaremos nunca de vivir. El núcleo de nuestra fe es una esperanza en que toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección. Dios puede hacer de nosotros eso que parece imposible: hacernos felices, darnos a conocer una vida que deseemos prolongar por toda la eternidad

¿Existe en nuestra vida tanto amor que sintamos la necesidad de resucitar para vivir eternamente con todos los que amamos?
(Aporte de FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ,
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET- 4 PAULINAS/MADRID 1986.Págs. 61-68)
*La leyenda de los siete colores     

Cuenta una leyenda que, hace muchos años, los colores tomaron conciencia de quienes eran y pudieron verse a sí mismos. El problema que surgió fue que, cada uno, creyó ser el mejor.

–Yo tengo el color del fuego– dijo el rojo.

 –Yo el del sol– dijo el amarillo.

 –Nosotros el del cielo y el mar– respondieron el azul y el índigo.

 –Yo el de las hojas de los árboles– dijo el verde, altanero.

 –Yo el de las naranjas maduras.

 –Yo el de las flores del jacarandá y de muchos otros árboles– dijo el violeta.

 Cada uno estaba orgulloso de sí mismo, pero no podía ver la belleza del otro.

 El marrón, desde el suelo, les decía que hacían un hermoso conjunto, pero ninguno quería oírlo.

 ¿Por qué iban a escuchar a ese color tan triste? Ninguna flor era marrón, ni el agua pura, ni las frutas. Bueno, el coco era marrón, pero estaban de acuerdo en que, por afuera, era bastante feo.

 El blanco, que también les decía que era estupendo que estuvieran unidos, era, en la opinión de los colores, el más aburrido.

 Cierto día, en el cielo, el sol conversaba con las nubes acerca de lo ridículo de la pelea entre los colores. No se hablaban entre ellos y no querían estar juntos.

 –Yo me esfuerzo en mandarles la mejor luz para que cada uno brille apropiadamente, pero nadie mira a los demás– dijo el sol.

 –Ya sé lo que podemos hacer– dijo una nube– Vamos a provocar una buena lluvia así no te ven y, quizás, dejen de pelear.

Durante varios días llovió, y los colores en la tierra dejaron de brillar. El mundo estaba gris. Los colores estaban escondidos para no estropear-se. De a poco, se disiparon las nubes y cada uno fue saliendo de su refugio mirando hacia arriba, para ver si iba a seguir lloviendo o había parado.

 En ese mismo momento, al alzar sus ojos y dejar de mirarse cada uno a sí mismo, se descubrieron juntos en un hermoso arco que se formó en el cielo. Dejaron, entonces, de pelear y se alegraron de ser tan diferentes y de poder hacer algo todos juntos.

 Para reflexionar después del cuento:

 Mucho se habla de la diversidad y de aceptar a los demás como son pero, a pesar de eso, se siguen haciendo diferencias. Este relato nos permite pensar en los dones o capacidades que tiene cada uno y en la posibilidad de hacer algo junto al otro.

 • ¿Qué fue lo que provocó que los colores cambiaran de actitud?

 • Y nosotros ¿cómo podemos convertir el corazón, como lo pide Jesús?

 • ¿Somos capaces de descubrir la belleza y los valores que hay en los demás?

 • Cada uno comenta alguna experiencia en la cual haya realizado algo en forma comunitaria y como fue el resultado de esa acción. Muchas personas creen que de la forma en que ellas hacen las cosas, nadie puede hacerlas y les resulta difícil delegar o hacer algo con el otro porque consideran que va a salir peor o va a ser más lento.

 • ¿Cuál es la experiencia de cada uno? ¿Qué aspectos positivos se pueden extraer de hacer algo en común?

 * por María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano - La hojita de los niños, San Pablo, 5 de marzo de 2006

 por María Inés Casalá- inescasala@gmail.com

El Rincón del Cuento- Septiembre 2011 – Diálogo 203