6 oct. 2013

MEDITACION PARA LC 17, 1-10

El silencio de Dios

En nuestra sociedad ya no está de moda ser cristiano, afortunadamente. Lo que ya no es afortunado es que en ella se valoren, casi exclusivamente, la eficacia y la técnica o la búsqueda del máximo placer posible con el mínimo compromiso. Es una sociedad que se desentiende de ser más fraternal y justa; que se desentiende de los más necesitados. En ella, cada uno mira para sí mismo. Y, con frecuencia, los que más trabajan por la justicia, la fraternidad... -valores del Reino de Dios-, lo hacen desde ideologías y creencias al margen del cristianismo; a la vez que nos acusan a los cristianos de no trabajar de verdad por aquello que afirmamos pero no practicamos. En un mundo así es difícil vivir la fe.

Nuestra misma actuación personal está regida por otros valores distintos a los de Jesús. Lo mismo nuestra vida familiar, profesional y social... Parece como si estuviéramos perdiendo la fe en la vida, en las personas y en Dios. Los contratiempos de cada día nos van desgastando y endureciendo. Apenas encontramos algo que nos motive. Mientras tanto, Dios está callado. Por más que le pidamos, por más gritos de injusticia que se eleven hasta él, Dios calla. ¡Qué extraña manera de gobernar el mundo! Porque entre los que sufren hay muchos niños e inocentes... ¿Por qué lo soporta Dios? ¿Es que no le importa? ¿Por qué tanto mal ante el que nos sentimos impotentes?...

El silencio de Dios nos desespera, nos pone nerviosos. A muchos les lleva a negar su existencia. Si Dios existe, debería oír el grito ininterrumpido de los oprimidos y ver la injusticia que nos rodea por todas partes. El silencio de Dios nos tortura. Pero no tanto porque no hable cuanto porque nos enfrenta a nosotros mismos, a nuestras responsabilidades ante las injusticias, para que digamos nosotros esa palabra que estamos esperando de Dios. El silencio de Dios nos obliga a hablar, a actuar a nosotros. Lo que Dios podría remediar con su palabra es labor del hombre, en cuyas manos Dios ha puesto la historia y su destino.

Para aceptar el silencio de Dios y trabajar por llevar adelante su Reino hace falta una gran fe. El silencio de Dios nos enfrenta a nosotros mismos y supone un gran respeto a la responsabilidad dada al hombre sobre el mundo. El silencio de Dios es la libertad de los hombres. El silencio de Dios deja de ser escandaloso cuando hay un testimonio de creyente. Dios habla en la medida en que los hombres nos comprometemos. Dios está mudo porque nosotros no pronunciamos ninguna palabra significativa.

Cristo es la palabra de Dios. Nosotros la proclamamos en el mundo cuando imitamos su vida. Siguiéndole, vamos llenando la historia de palabras llenas de sentido. Porque la historia, aunque realizada bajo el impulso del Espíritu, es obra nuestra. Dios no es mudo; los que permanecemos mudos, por temor a pronunciar una palabra comprometida, somos nosotros.

2. "Auméntanos la fe".

Los apóstoles han comprendido que a su fe hay que añadirle fe si quieren ser fieles a lo que exige Jesús. Reconocen que tienen fe, pero comprenden que no es suficiente y que esta fe es un don. No se trata de aumentar cantidades, sino de acoger con disponibilidad el don que el Padre ha sembrado en nosotros para que lleguemos a dar el fruto que debemos. Es aceptar con nuestra vida el misterio del Dios que se revela en Jesús, valorar lo que él valora y como él lo valora, traduciéndolo en una conducta consecuente. Esta petición de los apóstoles nos sitúa en el centro de toda la oración cristiana.

Pedirle a Jesús que nos aumente la fe es pedirle algo muy serio y arriesgado. No es pedirle capacidad para aceptar intelectualmente algo que no alcanzamos a entender y que afirmamos como revelado por Dios. Es pedirle capacidad de acción liberadora que no deje las cosas como están; una acción que tenía entonces como riesgo la cruz.

Todos los cristianos deberíamos hacer nuestra esta petición de los apóstoles, porque aguardamos de Jesús la fuerza necesaria para cumplir lo que nos pide, porque es el don fundamental de Dios sobre el que descansan los demás dones. "Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y os obedecería".

Parece que Jesús no responde exactamente a la petición de sus discípulos. Aprovecha, más bien, la ocasión para expresar la eficacia de la fe, de la verdadera fe, capaz de obtenerlo todo de Dios. ¿Obtenerlo todo? Es lo que, sin duda, expresa la comparación. Marcos (Mc.11,23) y Mateo (Mt.17,20; Mt.21,21) hablan de desplazamiento de una montaña; Lucas ha preferido pensar en una morera.

La fe es más poderosa, tiene más valor y consistencia que todas las realidades físicas -el árbol, la montaña, el río...-. La fe llega hasta el fondo de Dios y de los hombres, a ese fondo de Jesús en el que todo se sustenta. La fe hace partícipes de la vida del Dios que todo lo puede, del Dios que no tiene límites en su amor.

La fe es una inmensa fuerza que permite vencerlo todo, superar lo que parece imposible. Es una convicción que nos hace decir: "A pesar de todo seguimos adelante". Nos hace preguntarnos por un porqué último, final, absoluto.

La fe nos da el convencimiento de que en la lucha por la transformación del mundo, el mal puede ser arrancado de raíz. Es la fuerza que vence al mundo (Jn.16,33; 1Jn05/04). Es esa tozuda confianza en la promesa de un Dios que está empeñado en hacer nuevas y de nuevo todas las cosas (Ap. 21,1-7).

La fe nos mantiene en la vertiente verdadera de las cosas y de las personas: en la vertiente de Dios. Es una fuerza interior que nos empuja y nos hace capaces de afrontar las dificultades de la vida.

La fe no es sólo creer que Dios existe: también lo creen los demonios (St.2,19). Es mucho más: es fiarse, esperar, caminar por donde Jesús caminó guiados por su palabra. Fiarse, esperar, caminar... sabiendo desde lo más profundo de nosotros mismos que, si creemos, no es porque nosotros lo hayamos logrado con nuestro trabajo, sino porque el Padre nos ha llamado y nos ha dado su mano, nos ha hecho descubrir que todo esto merecía la pena.

Esta fe crece en la noche, en las tinieblas, en las dificultades. La fe nos obliga a una opción. Una opción que tiene algunas características: se da en el corazón y arrebata a toda la persona, que tiene la sensación de haber nacido de nuevo (Jn 3,3-8); es una orientación interior, permanente y global de la vida: todo lo que somos y tenemos se coloca en una sola dirección; se da cuando somos capaces de arriesgarlo todo..., cuando nos decidimos por la vida, a pesar de experimentar que la estamos perdiendo (Mt 16,25); cuando nos situamos a favor de la luz, a pesar de seguir en tinieblas, cuando confiamos en la acogida de Dios; cuando arriesgamos lo que tenemos seguro por lo que esperamos.

La fe nos concede la sabiduría de la vida, nos permite mirar la realidad desde su verdadera vertiente: la de Dios. ¿Es ésta nuestra opción? ¿Son nuestros esquemas de valores los del mundo? ¿Cuál es la dirección fundamental de nuestras vidas? ¿Cuáles son nuestras preocupaciones? ¿Qué esperamos?...

3. Todo es don de Dios.

Los doctores de la ley entre los fariseos concebían la relación entre Dios y los hombres como una relación de prestación por prestación. Si se cumple la ley, si se hace lo que Dios tiene mandado, nos debe recompensa. También hoy muchos piensan que Dios tiene con nosotros la obligación de premiar nuestras buenas obras; que tiene sobre nosotros unos derechos por los que nos puede imponer unos mandatos, y que, si los cumplimos, mereceremos recibir la recompensa. Conciben la ley como una imposición; suponen que el premio corresponde a las obras realizadas, por lo que pueden exigirle a Dios la "paga".

Para desterrar esta idea farisea de los propios méritos y de un Dios obligado a corresponder, Jesús propone la parábola del criado que, obedeciendo al amo, no hacía más que cumplir con su deber. El criado es criado y tiene que hacer lo que se le mande. Jesús no se pronuncia sobre esta situación social, tan irritante para nuestro modo de pensar; la toma únicamente como ejemplo para explicarnos nuestras relaciones con Dios.

Parece que en nuestra sociedad el cumplimiento del deber tiene mala prensa. La mayor parte de las personas ven en él exclusivamente su lado duro, severo. Pero el deber es como un espejo: presenta el rostro de quien lo mira. Al que lo observa ceñudo, el deber se le presenta como una carga difícil de soportar. A quien lo considera amigablemente, porque lo lleva en el corazón, casi no se deja sentir.

Llegaremos a entablar relaciones amistosas con el propio deber si conseguimos ahondar en su significado, aceptándolo como lo que es: el camino para realizarnos como personas y colaborar a mejorar el mundo; el camino para pagar la deuda contraída con la vida por el hecho de haber nacido, siendo fiel a esa vida. Decía Tagore que la vida la merecemos dándola. Todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido (Icor. 4,7). Si no nos sentimos deudores, estaremos siempre alegando sólo derechos, pretensiones; no sentiremos el deber de corresponder. Quien no ama el deber no posee el sentido de la grandeza y del valor de la vida y vivirá perdiendo el tiempo.

La parábola es clara en un significado global: el criado que hace lo que está estipulado en su contrato no tiene por qué exigir nada. Simplemente, ha cumplido con su deber. Es lo que sucede con el hombre de fe: su deber es encontrarle un sentido a la vida y ser fiel a ese sentido. Ya es suficiente premio vivir de esa manera: tener a Dios como punto de referencia para mirar de frente la propia vida; cuestionarse desde la fidelidad a sí mismo todas las cosas; construir lenta y trabajosamente un modelo de hombre que viva en la libertad interior y en el amor... Porque tener fe es aprender a vivir con total intensidad, con gozo sereno, con la experiencia humilde de sentirse hombre, sin envanecerse por ello porque está haciendo lo que debe: vivir como persona verdadera aquí y ahora.

Cuando ya no podemos más por el cansancio, cuando nos hayamos dado del todo, cuando hayamos agotado todos los recursos..., podremos presentarnos tranquilamente ante el Padre y decirle: ¡Gracias! Porque lo único que hemos hecho ha sido corresponder a un amor que nos lo ha dado todo, ser agradecidos y dejarnos llevar por la corriente de vida que nos rodea por todas partes y que el Padre nos ofrece gratuitamente. Sentir la alegría de reconocer que no somos más que "unos pobres siervos", sin ningún mérito; porque en las cuentas del amor del Padre no existen las reclamaciones por méritos: sólo hay vida compartida, esperanza compartida, libertad infinitamente compartida...

Vivir en los otros y con los otros, con todos los otros en el Otro, ¿será la felicidad, la vida verdadera? Creo que por ahí va. Ante esto, ¿cómo reclamar algo? Para interpretar rectamente estas ideas debemos situarnos en el contexto de una verdadera amistad, de una confianza profunda y auténtica: amigo es el que ayuda al otro sin hablar de premio o recompensa. El amigo sabe qué es lo que agrada al amigo y lo realiza porque cree que merece la pena hacerlo.

Esa es la actitud que debemos tener ante Dios. Descubrimos su voluntad y la cumplimos. No importa en principio el premio. Sabemos que Dios no está obligado a nada. Sin embargo, porque es amigo, sabemos que se preocupa de nosotros y que podemos confiar en su ayuda. Es un amigo que nos quiere mucho más de lo que nosotros podamos imaginar. Por eso estamos seguros en sus manos, que siempre son mucho mejores que las nuestras. No sabemos lo que nos dará, pero tenemos una inmensa confianza en que siempre será mucho más que todo lo que hubiéramos soñado (I Cor 2,9).

Esto no significa que las buenas obras sean inútiles y no sirvan para nada, sino que la recompensa siempre debe ser esperada y recibida como un don de la bondad del Padre. Jesús sostiene sin miramientos los derechos de Dios, aunque a primera vista rebaje casi hasta la nada al hombre. Aparentemente, porque coloca las relaciones entre ambos a un nivel muy superior: el de la amistad.

La traducción que se ha hecho con frecuencia de "siervos inútiles" no es del todo precisa. Los discípulos no son inútiles nunca. Dios se sirve de ellos -de nosotros- para su obra. Nos enseña el trabajo generoso y abnegado por el reino, sin exigencias personales, puesto que todo es un don de Dios. El apóstol, el siervo, "comerá y beberá después", tendrá una recompensa escatológica, fruto de la esplendidez de Dios.

(Aporte de FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 3
PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 155-161

EL REINO DE DIOS DENTRO DE MI Y FUERA TAMBIEN ....

EL REINO DE DIOS ESTA DENTRO DE MI ...Y CRECE SIN PARAR


DE LO PEQUEÑO QUE FUI SE VA TRANSFORMANDO EN ALGO GRANDE COMO PASA EN LA SEMILLA DE MOSTAZA , DE SER UNA PEQUEÑA SEMILLA SE PUEDE POR LA GRACIA DE DIOS Y SU FUERZA PODEROSA  CONVERTIRCE EN UN ARBOL GRANDE , SOLO DIOS PUEDE HACER , QUE LO PEQUEÑO SE TRANSFORME EN ALGO GRANDE ...



EL REINO DE DIOS TAMBIEN ESTA FUERA DE MI Y SE EXPANDE POR TODO EL MUNDO....


DE ESTA MANERA HACEMOS UNA COMPARACION , COMO DIOS OBRA EN MI  Y COMO OBRA EN MI ENTORNO...


PARABOLA DEL REINO , LA SEMILLA DE MOSTAZA...(C.B.P.)

Argumento: Parábola del reino                       
Tema: Semilla de mostaza
Fuente: Mateo 13, 31-32, Génesis 15, 6, Exequiel 17, 23- 31, 6
Edad: A partir de los 3 años
Tiempo Orientativo: Orientativo

Materiales: Tarjetas en cartulina blanca 20 x 20 con dibujos alusivos a la parábola, hojas blancas, semillas de mostaza y cinta adhesiva.

Anuncio del mensaje: El Reino de los cielos como misterio de la fuerza de la vida, vida que no viene de mí, que no está en mí, vida que pasa de menos a más, vida que está en torno a mí y dentro de mí.

Objetivo directo: Conocer el texto de la parábola / Reconocer el contraste de lo pequeño a lo grande en la acción de Dios / Reconocer el reino de Dios que está adentro y fuera de nosotros.

Presentación:

 El catequista se pone frente a los niños quienes están sentados en semicírculo y dice: Jesús hablaba a menudo en parábolas un día hablo del reino de los cielos, ustedes saben lo que es el reino de los cielos, hay alguien muy poderoso, etc., para ver qué quiso decir Jesús del reino vamos a escuchar la parábola (se lee la parábola). Esta es palabra de Dios. Para conocer este secreto tenemos un material que tiene una semilla de mostaza, se reparte a cada niño una hoja blanca que tiene una semilla de mostaza pegada con cinta papel, ahora en silencio voy a leer y mientras lo hago ustedes observan la semilla una vez que se termina de leer el profesor hace preguntas,

¿Cómo será este reino? ¿De qué nos hablara Jesús en esta parábola?

¿Qué nace de esta semillita tan pequeñita?

 ¿Qué tendrá esta semillita para ser un árbol?, etc.

Si Jesús decía esta semilla será semejante al reino, ¿Cómo será el reino?

Luego de esta reflexión se puede finalizar con una canción o con una oración.


Oración: Los invito a reflexionar que esta fuerza está dentro de nosotros, que viene de Dios, los invito a dar gracias por que Dios nos da la fuerza, alguien de ustedes quiere dar gracias… el catequista  puede comenzar.


Trabajos: Trabajar con el material, dibujar, Pueden observar el libro y trabajar con las láminas, se pueden plantar semillas, etc.


PARÁBOLA DE LA SEMILLA DE MOSTAZA SEGUNDA PARTE


Argumento: Parábola del reino

Tema: Semilla de mostaza / Mateo 13, 21-22-Fuente: Ezequiel 31,6 Daniel 4; 2-19 .

Edad: 3 años en adelante.

Tiempo Orientativo: Orientativo, después de la primera presentación.

Materiales: cajita transparente con semillas de mostaza en su interior, libro azul.

Anuncio del mensaje: El Reino de los cielos como misterio de la fuerza de la vida que pasa del menos al más, vida que está en torno a mí y dentro de mí.

Objetivo directo: Conocer el texto de la parábola. Reconocer la vida que se encuentra dentro de semilla y que la fuerza que la hace crecer viene de Dios. Reconocer el contraste de lo pequeño a lo grande y reconocer el Reino de Dios está dentro y fuera de nosotros.


Presentación: El profesor se reúne con los niños: ¿recuerdan que hace un tiempo hablamos de la parábola de la semilla de mostaza? Vamos a ver otra parte…

Material: el profesor presenta el material, muestra a los niños una pequeña cajita transparente con semillas de mostaza

El profesor pregunta a los niños: ¿Qué fuerza misteriosa existirá en esta semilla que la hará crecer? ¿Podemos nosotros de algo pequeño hacer algo grande? ¿Si nosotros tenemos un perrito como puede crecer? ¿Lo podemos hacer crecer nosotros?

¿Quién lo hace crecer? ¿Y nosotros como crecemos? ¿Quién nos hace crecer?

Hay una fuerza ¿cómo hace esa fuerza para que nosotros crezcamos? ¿Y esa fuerza de dónde viene?

Nos damos cuenta que esta fuerza transforma lo pequeño en algo grande.


Meditación: Esta fuerza está dentro de nosotros, esta fuerza que tenemos dentro viene de Dios la guía invita a los niños a dar gracias por esta fuerza por su regalo.


Trabajos: trabajo con material, dibujo libre (¿Cómo se imaginan el reino de Dios?

               Dibujo de la semilla, el árbol., trabajo con el libro azul, plantar la semilla.


NOTA: esta presentación puede presentarse a los padres de igual manera pero haciendo más preguntas.

“¿Hasta dónde llega esta fuerza?”

“Vida que se transforma por la eternidad, en plenitud eterna” Parucia.

-Use imágenes del mundo real, y son ricos en significado. Esto los hace perfectos para los niños más pequeños, que tiene hambre de verdades profundas y pueden usar su imaginación para penetrar en el misterio de las parábolas. Los niños pequeños pueden permanecer en estos versos por un largo tiempo lleno de asombro, alegría y acción de gracias.
 En el nivel 1, usamos materiales reales, por ejemplo, semillas de mostaza, las perlas, la levadura y la harina para ayudar a la meditación del niño.
Los niños mayores también pueden disfrutar de las parábolas. En el Nivel 2 y Nivel 3 atrio, vamos a sintetizar estas parábolas para buscar similitudes y diferencias.
Cuando las maravillas de niños mayores de esa edad, su respuesta natural es también una cuestión moral: "¿Qué debo hacer? ¿Cuál es mi lugar en el reino?
 "Sofia Cavalletti escribe:" La persona que en un momento dado se da cuenta de la naturaleza dinámica del Reino de Dios, que es como un grano de mostaza, poco a poco llegarás a ver este dinamismo que llena el universo y potenciar el hombre y su historia. "(" Potencial Religioso del Niño ", pág. 165).
 El niño pequeño nos ha llevado a dos temas: el crecimiento / transformación y el valor.
 Los niños les encanta el contraste de la semilla de mostaza (lea Mateo 13:31-32), y el árbol que crece de ella. Ellos son capaces de sentarse en la pregunta desde hace mucho tiempo sobre la semilla de mostaza, apenas visible en la punta de su dedo. Qué otro tipo de crecimiento que no saben esto. Una vez fueron tan pequeños y ahora son tan grandes. Sus propios cuerpos son un signo del reino! Los niños mayores podrán disfrutar de la comparación de esta parábola a la de la semilla que crece en Marcos 4:26-29.
-Otras ideas: Planta una semilla en una taza y leer acerca de la semilla de mostaza o de la semilla que crece.

IDEAS PARA EL GRANITO DE MOSTAZA