29 abr. 2015

LECTIO DEL DOMINGO 5

MEDITACIÓN.

La experiencia de Cristo debiera ser normal en el cristiano. Es lo que realmente le define. Cristiano no es el que sabe de oídas sobre Cristo, sino el que conoce por experiencia la realidad maravillosa de Cristo, de manera que su vida queda ya marcada y orientada por él.
Caben grados y son muchas las maneras del conocimiento experiencial del Señor. Hay un ver, un oír, un sentir, un estar, un vivir, un permanecer, un ser. Depende de la gracia del Señor y de la acogida de cada uno.
Hoy empiezan las lecturas con una experiencia de Saulo, que cuenta a los apóstoles «cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho». Se trata de un ver y un escuchar, pero de una intensidad cegadora. ¡Qué maravilla! El Señor salió al encuentro de Saulo en el camino. El Señor habló a Saulo y se dejó ver. Los ojos de Saulo quedaron afectados por tanta luz. El Señor le tendría que cambiar los ojos. Eso, dicen, que es la fe. Ojos nuevos para Saulo. Y corazón nuevo, y personalidad nueva. Ya se le puede cambiar de nombre. Pablo nació cuando Saulo fue quemado en una experiencia de fuego. Saulo vio al Señor. Pero no se puede ver al Señor y quedar con vida. Por eso Saulo muere para que nazca el hombre nuevo. Muere el ciego perseguidor, para que nazca el apóstol clarividente. ¡Con qué seguridad habla Pablo de esta experiencia! «He visto al Señor en el camino».
Casi podría decir: he visto al Señor, que es el Camino. Desde entonces, Jesús será su sol y su Señor. Jesús será su imán y su punto permanente de referencia, su tesoro y su encanto, su pasión y su canción, su fuerza y su sabiduría, la vida de su vida. Saulo llegará a ser el gran apóstol de Cristo y el gran maestro del cristianismo.
Sería bueno que cada uno pudiera decir con Pablo: «He visto al Señor en el camino», que pudiese contar los efectos de su experiencia. Puede ser una experiencia íntima o una experiencia comunitaria. Puede ser en el camino de la alegría o en el camino del dolor. Siempre será en el camino del amor.
Puedes encontrarle en la palabra escrita o proclamada, en la celebración, en la comunidad. Puedes encontrarle en un éxito o en un fracaso. Puedes encontrarle en el hermano al que sirves o con el que trabajas. Puedes encontrarle en el hijo que nace o en el amigo que muere. Puedes encontrarle en la contemplación de las cosas o en la destrucción de las cosas. Puedes encontrarle en la creación de algo o en la enfermedad que incapacita. Lo encontrarás donde quiera el Señor salga a tu encuentro.
No debemos conformarnos con ver a Jesús. Debemos aspirar a estar con él y a estar en él. No se trata de una experiencia pasajera, sino de una presencia, envolvente, de una realidad penetrante, de una comunión permanente. El mismo Pablo nos hablará de esta realidad de compenetración con Cristo, con multitud de expresiones y metáforas, como revestirse de Cristo, vivir en Cristo, comulgar con Cristo, ser Cristo y, sobre todo, «estar en Cristo», una frase feliz que repite casi doscientas veces y que resume el misterio de la cristificación.
Estar en Cristo es acoger a Cristo y escucharle, es tener sus mismos sentimientos y actitudes, es morir y vivir en él, es crucificar la carne para vivir en el Espíritu, es vivir en la libertad y el amor, es vivir la filiación y la fraternidad, es vivir en total comunión con él y no tener otra vida que Cristo. El que está en Cristo desaparece para dar cabida al Señor; vive de-en-por y para Cristo. No ser cristiano; ser Cristo. (Puedes meditar algunos textos como: Ga. 2, 20; 5, 24; 6,14; Flp 1, 21; 3, 8; 3, 12; Ef. 4, 24; Col. 2, 6; 3, 1...).

La vid y los sarmientos.
Estas mismas ideas las expresa Juan en términos parecidos, aunque utilizando más su estilo poético y alegórico. Hoy podemos saborear una espléndida alegoría, vitalista y sugestiva: la de la vid y los sarmientos.
No dice Jesús: Yo soy un cedro, yo soy un ciprés, yo soy un roble. Dice: «Yo soy la vid y ustedes los sarmientos». Algo más humilde y más íntimo. La alegoría nos habla de unión permanente, de poda constante, de frutos abundantes. Y nos habla de un Padre que es el dueño de la viña, el esmerado agricultor. Dios es un conocido agricultor.
Unión permanente:
El sarmiento tiene que estar constantemente unido a la vid, si no quiere secarse. Y un sarmiento seco, ya se sabe, no sirve para nada, absolutamente para nada; como las zarzas o los cardos. Sin mí, serán cardos y zarzas. Sin mí, no serán nada.
Estar unido a la vid es recibir su savia y su vida. Estar unido a Cristo es vivir en comunión con él, es dejarse alentar por él; que su Espíritu me inspire y me vivifique. Se realiza, naturalmente, a través de la escucha, la oración, la colaboración, los compromisos, el amor. La savia es como la sangre del cuerpo; todos los miembros concorpóreos y consanguíneos.
Pero Jesús insiste mucho en la necesidad de permanencia. Sólo en los ocho versículos de este evangelio aparece siete veces la palabra permanecer. Si seguimos leyendo toda la alegoría, la encontraremos cuatro veces más. Se insiste en el «permanezcan en mí», en que «mis palabras permanezcan en ustedes», en «permanezcan en mi amor», en «un fruto que permanezca». No quiere el Señor encuentros esporádicos, sino una vida enteramente inspirada por él. «Permanezcan»: que no nos separemos de su órbita, que nuestros ojos y nuestros corazones estén siempre levantados hacia él. Que nos revistamos de Cristo, pero no con un vestido de quita y pon, sino un vestido entrañable. Todo lo que hagamos sea en él y para él. «Permanezcan en mi amor», sintiéndonos siempre amados por él y amándole nosotros a él. «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor» (Rm 14, 8). Cristo es la vida de nuestra vida.
«Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5, 15).
Unión con las demás sarmientos:
Es una deducción lógica: si todos los sarmientos tienen que estar unidos a la vid, necesariamente estarán unidos entre ellos. Si corre por ellos la misma savia, no puede haber distancias y diferencias, mucho menos incomprensiones, desconocimientos y rivalidades. Si Cristo está en todos los sarmientos, la unión con Cristo significa estar unidos a todas sus ramificaciones y prolongaciones. Cristo se prolonga en todos los hermanos. No se puede conocer y amar a un Cristo y desconocer o desamar al otro Cristo. Amor en vertical y horizontal: es un mismo amor.
Poda constante:
La poda no siempre es fácil de entender. Nos da pena y nos cuesta el hacha o tomar las tijeras y empezar a cortar sin contemplaciones. Pobres ramas, pobres sarmientos, con sus muñones sangrantes, desnudos, sin ningún tipo de concesiones. Nos cuesta el corte y el desapego. Nos parece que no podremos vivir sin nuestro hermoso follaje y hojarasca, y nuestros caprichosos entretenimientos. Así, vamos acumulando cosas y dispersándonos en múltiples diversiones.
Pero se necesita la poda. Es un corte purificador y liberador. Al quitarnos el follaje y las peligrosas desviaciones, la savia puede concentrarse y conseguir el fruto deseado. Este y no otro es el objetivo del sarmiento y de la savia. Si perdonáramos al sarmiento este corte doloroso, la savia se disiparía entre tanta hoja innecesaria y el fruto sería raquítico o nulo. Para nuestros ambientes consumistas, la poda se hace totalmente necesaria y urgente. Estamos excesivamente recargados y dispersos. No hay que descuidarse. Más austeridad y más sobriedad: para cada uno, para las instituciones, para toda la Iglesia. Para crecer hay que cortar. Sea la renuncia, sea la enfermedad, sea el fracaso, sea el cambio. La tijera liberadora siempre en la mano, podador.
Frutos abundantes:
A otros árboles bastaría con pedirles un poco de sombra o de madera. A ciertas plantas les pedimos las flores. Pero a la vid sólo le pedimos sus frutos. Y frutos abundantes y sazonados. No queremos el vinagre y la «mala uva».
Los frutos que Dios quiere son el derecho, la justicia, el respeto, la compasión, el servicio. Los frutos que Dios quiere son todos los del Espíritu, los frutos de la verdad y del amor. En la segunda lectura, San Juan nos explica cómo han de ser esos frutos de amor, «no de palabra ni de boca, sino con obras y según verdad».
Así podremos ofrecer en la mesa del Señor, y en todas las mesas de la vida, el fruto exquisito de nuestra vid, el «vino bueno» de nuestro amor.
(Aporte de CARITAS. UN AMOR ASI DE GRANDE.
CUARESMA Y PASCUA 1991.Pág. 220 ss.)
Para la reflexión personal y grupal:
Cualquier árbol frutal es buena imagen para dar a entender lo que se dice en el evangelio de hoy. Hay veces en que el árbol se seca por falta de riego; otras veces es una rama seca la que no da fruto. Todos tenemos una parcela en la vida que debemos cultivar, como lo hace un buen labrador paciente. Las ramas que no sirven se echan al fuego, y las que sirven se podan para que den más fruto.
Jesús es como la savia. Así es su palabra, su sangre, su cuerpo. El cristiano debe estar unido a Cristo y a todos los hermanos. Jesús, Primogénito de la nueva humanidad y Señor de la comunidad de creyentes, se dirige a la casa del Padre -a través de un nuevo Éxodo y una nueva Pascua- para preparar una morada a sus discípulos.
El verdadero dinamismo cristiano se muestra en la "permanencia" del creyente con Jesús, o de la palabra de Jesús en el discípulo. Ser discípulo es dar gloria al Padre y ofrecer frutos en el mundo.
¿Cómo se alimenta mi vida? ¿Cómo, de dónde, con qué medios… recibo la savia que necesito para ser un sarmiento injertado en la viña del Señor? ¿Cultivo esos medios? ¿Debería cultivarlos más, o cultivar otros?

ORACIÓN-CONTEMPLACIÓN.

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”.
Meditar sobre estas palabras de Jesús sobre la vid y los sarmientos, significa percibir la relación que nos liga a él en su dimensión más profunda: Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. Es una relación aún más profunda que aquélla que existe entre el pastor y su grey que meditamos el domingo pasado. En el evangelio de hoy descubrimos dónde reside la “fuerza interior” de nuestra religión (cfr. 2 Tim. 3,5). 
Pensemos en la realidad natural de donde está sacada la imagen. ¿Qué hay de más íntimamente unido entre sí que la vid y los sarmientos? El sarmiento es un acodo y una prolongación de la vid. De ella viene la savia que lo alimenta, la humedad del suelo y todo aquello que él transforma después en uva bajo los rayos estivales del sol; si no es alimentado por la vid, no puede producir nada, nada serio: ni un pámpano, ni un racimo de uva, nada de nada. Es la misma verdad que san Pablo inculca con la imagen del cuerpo y de los miembros: Cristo es la Cabeza de un cuerpo que es la Iglesia, de la cual cada cristiano es un miembro (cfr. Rom. 12,4 ssq; 1 Cor. 12,12 ssq). Los miembros, separados del cuerpo, no pueden hacer nada. 
¿Dónde reposa esta relación aplicada a nosotros los hombres? ¿No contrasta esto con nuestro sentido de autonomía y de libertad, es decir, con nuestro sentimiento de ser un todo y no una parte? Esto reposa sobre un acontecimiento bien preciso que el apóstol san Pablo, con una imagen también sacada de la agricultura, llama un acodo. En el Bautismo, nosotros, que éramos aceitunados de naturaleza salvaje hemos sido injertados en Cristo (cfr. Rom. 11,16); hemos llegado a ser sarmientos de la verdadera vid y ramos del olivo bueno. Todo esto por la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5,5). ¡Entre la vid y el sarmiento hay en común el Espíritu Santo! 
¿Cuál es entonces nuestra misión de sarmientos? Juan -le hemos oído-tiene un verbo predilecto para expresarlo: “permanecer” (se entiende, unidos a la vida que es Cristo): Permanezcan en mí y yo en ustedes; Si no permanecen en mí ...; Quien permanece en mí... Permanecer unidos a la vid y permanecer en Cristo Jesús significa ante todo no abandonar los empeños asumidos en el Bautismo, no ir al país lejano como el hijo pródigo sabiendo bien que uno puede separarse de Cristo de golpe, de un solo salto, dándose a una vida de pecado consciente y libre, pero también a pequeños pasos, casi sin darse cuenta, día tras día, infidelidad tras infidelidad, omisión tras omisión, compromiso tras compromiso, dejando primero la comunión, después la misas, después la oración y al final todo. 
Permanecer en Cristo significa también algo positivo y es permanecer en su amor (Jn. 15,9). En el amor, se entiende que él tiene por nosotros más que en el amor que nosotros tenemos por él. Significa por tanto permitirle que nos ame, que nos haga pasar su “savia” que es su Espíritu evitando poner entre él y nosotros la barrera insuperable de la autosuficiencia, de la indiferencia y del pecado. 
Jesús insiste en la urgencia de permanecer en él haciéndonos ver las consecuencias fatales del separarse de él. El sarmiento que no permanece unido se seca, no lleva fruto, es cortado y arrojado al fuego. No sirve para nada porque la madera de la vid - a diferencia de otras maderas que cortadas sirven para tantos fines- es una madera inútil para cualquier otro fin que no sea el de producir uva (cfr. Ez. 15,1 ssq). Uno puede tener una vida pujante externamente estar lleno de ideas y de salud, producir energía, negocios, hijos, y ser a los ojos de Dios, madera seca para ser echada al fuego apenas termina la estación de la vendimia. 
Permanecer en Cristo entonces significa permanecer en su amor, en su ley; a veces significa permanecer en la cruz, “perseverar conmigo en la prueba” (cfr. Lc. 22,28). Pero no sólo permanecer, quedando en el estadio infantil del Bautismo, cuando el sarmiento apenas ha despuntado y se ha injertado; sino más bien crecer hacia la Cabeza (cfr. Ef. 4,15), llegar a ser adulto en la fe, es decir, llevar frutos de buenas obras. 
Para un tal crecimiento hay que ser podado y dejarse podar: Todo sarmiento que lleva fruto (mi Padre) lo poda para que lleve más fruto (Jn. 15,2). ¿Qué significa que lo poda? Significa que corta los brotes superfluos y parasitarios (los deseos y apegos desordenados) para que concentre toda su energía en una sola dirección y así realmente crezca. El campesino es muy atento cuando la vid se carga de uva para descubrir y cortar las ramas secas o superfluas para que no comprometan la maduración de todo el resto. Es una gracia grande saber reconocer, en el tiempo de la poda, la mano del Padre y no maldecir ni reaccionar desordenadamente. Ustedes ya están limpios para la palabra que les he anunciado, decía Jesús a sus discípulos (Jn. 15,3). El Evangelio que es la palabra de Cristo Jesús es por tanto como una poda y representa la ascesis fundamental del cristianismo. Ataca la codicia, todo lo que, en una palabra, nos disipa en tantos vanos proyectos y deseos terrenos. Fortifica, en cambio, las energías sanas y espirituales; nos concentra sobre verdaderos valores poniendo en crisis los falsos. La palabra de Dios se revela verdaderamente como una espada afilada y de doble hoja, en las manos del que la lleva (Apc. 1,16). 
Bajo esta luz debemos esforzarnos por no ver sólo nuestros sufrimientos individuales –los lutos, las enfermedades, las angustias que golpean a cada uno de nosotros o a nuestra familia-sino también el gran sufrimiento universal que atenaza a nuestra sociedad y al mundo entero incluso a aquel más misterioso de todos que golpea a los inocentes. Desde hace algunos años nos debatimos en una crisis que revela nuestra impotencia para poner paz y orden en nuestra convivencia civil, para encontrar un acuerdo y para poner fin al odio y a la violencia. Es también esta una poda necesaria del orgullo y de la presunción humana. Tal vez el Señor está buscando, de todas las maneras posibles, hacernos entender que sin él no podemos hacer nada (Jn. 15,5). 
Es una lección, ésta, que una sociedad trata fácilmente de olvidar apenas logra estar por algún año sin guerras y sin grandes tragedias. El espíritu de Babel -es decir, de la presunción de construir por nosotros mismos la casa- está siempre al acecho. Oímos a tantos jefes nuestros hacer programas muy ambiciosos, terminar cada discurso prometiendo paz, justicia y libertad. Pero todo esto como si dependiera exclusivamente de ellos o a lo sumo de la buena voluntad de todos. Como si no fuera necesario por nada hacer referencia al evangelio y a Dios por ser capaces de mantener ciertos valores, comprendido el más elemental de todos que es el respeto a la vida. Como si el odio pudiera ser vencido si no por el amor; como si la venida de Cristo a la tierra hubiera sido un lujo y un sobrante y no en cambio una necesidad absoluta de salvación para todos. Todo esto es una tremenda ilusión que Dios debe quitarnos, de otra manera volveremos a ser paganos como antes de Cristo. Y para quitárnosla Dios no necesita enviarnos duros castigos; le basta dejarnos un poco manejarnos solos y después hacernos observar, entre las ruinas y el llanto, lo que hemos sido capaces de hacer: si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles (Sal. 127,1). 
La palabra de Cristo sobre la vid y los sarmientos adquiere un significado nuevo ahora que pasamos a la parte eucarística y sacrificial de nuestra misa. Estamos por consagrar el vino exprimido de aquella “verdadera vid” en el lagar de la pasión. Nosotros consagramos el “fruto de la vid”, pero consagramos también el fruto “de nuestro trabajo”, es decir, del sarmiento. Dios nos restituye como bebida de salvación lo que le hemos ofrecido bajo el símbolo del vino. 
(Aporte del P. Raniero Cantalamessa, ofm cap. La Palabra y la Vida-Ciclo B.
Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 114-117

Para dar fruto tenemos que estar conectados a la vid (5to Domingo de Pascua)

La vid verdadera

Tema: 
Para dar fruto tenemos que estar conectados a la vid (5to Domingo de Pascua)

Objetos: Una lámpara y una extensión

Escritura: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5 NVI).

Estoy seguro que todos conocen la canción "Esta lucesita, la dejaré brillar." Deseo que me ayuden a cantar esa canción en esta mañana. Voy a prender esta luz y dejar que alumbre. (Comience a cantar la canción (sin enchufar la lámpara), pero deje de cantarla cuando note que la luz no está alumbrando.) Me pregunto qué estará mal, mi luz no está alumbrando, (Alguien posiblemente notará que no está enchufada.) Oh, aquí está el problema, mi luz no está enchufada.

Ahora que está enchufada, tratémosla otra vez. (Cante.) Oh, eso fue mejor. La lámpara estaba alumbrando bantante, ¿no es así? Es muy difícil para una luz alumbrar cuando no está conectada a una fuente de energía, ¿no? Bueno, en verdad, ¡no sólo es díficil, sino imposible!

En la lección bíblica de hoy, Jesús le dijo a sus discípulos una historia para enseñarles sobre la importancia de mantenerse conectados o unidos a él. Desde luego Jesús no usó una lámpara para contar su historia, porque la electricidad no se había descubierto. En lugar de ello, Jesús usó un ejemplo que pudiera ser entendido por sus discípulos. Usó el ejemplo de la vid. ¿Sabes lo que es una vid? Es una planta con muchas ramas. Las ramas llevan frutos en ellas. La vid lleva en sus ramas uvas.

¿Has visto alguna rama que se haya quebrado de un árbol o una vid? ¿Qué pasa con ella? Así es, se seca y se muere. ¿Puede dar fruto otra vez? No, no sirve para nada, excepto para ser quemada.

Jesús dijo: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5 NVI)." Jesús desea que demos muchos frutos. Que demos buenos frutos como ser bondadosos, generosos y fieles. Más que nada, desea que amemos a otros como él nos ha amado.

¿Podemos hacer eso por nosotros mismo? De ninguna manera. Tal como la lámpara debe ser conectada a un receptáculo antes de que su luz pueda alumbrar, y tal como las ramas deben estar conectadas a la vid para producir fruto, tú y yo debemos estar conectados (o unidos) a Jesús para producir el fruto bueno que Dios espera de nosotros.

Amado Padre, ayúdanos a recordar que necesitamos estar conectados a Jesús si es que vamos a producir el tipo de fruto que tú esperas de nosotros. En el nombre de Jesús oramos. Amén.


 ACTIVIDADES INTERACTIVAS:

HOJAS Y UVAS: Dele papel de manila a los niños y permítales dibujar, en tamaño grande, el tronco y las ramas vacías de un árbol usando un marcador marrón. Utilizando pintura dactilar verde, mojarán sus manos para luego pegarlas en las ramas haciendo las hojas del árbol. Cuando las manos estén secas, mojarán la punta de los dedos en pintura dactilar azul o violeta para crear racimos de uvas. Cuando terminen escribirán JESÚS ES LA VID, NOSOTROS LAS RAMAS en la base del árbol.
RACIMOS DE UVAS: Imprima una página a colorear de un racimo de uvas (Presione aquí). Deje que los niños coloreen la hoja y la rama. Viren el papel horizontalmente y pídales que peguen un papel en el cual estará impreso el versículo de hoy: “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Juan 15:5 NVI). Regrese el papel a la forma vertical. Dele pedacitos de papel crepé violeta de seis pulgadas de largo. Pídale a los niños que hagan una bolita con cada pedazo de papel crepé y las peguen sobre cada una de las uvas del dibujo. Déjelo secar.
RAMA DE ÁRBOLES: (Presione aquí) y saque copias del patrón de la hoja en un papel de construcción verde. Pídale a los niños que escriban su nombre en una de las hojas y la recorten para luego pegarla en la figura del árbol (ver primera actividad).
ENREDADERA DE UVAS: Coja un papel manila marrón o blanco y péguelo horizontalmente a la pared o póngalo en la mesa o suelo. Dibujen una línea doble curvada u ondulada representando un vástago o rama bien larga. Luego, corten pedazos de papel de construcción para simular las hojas y las péguenlas en varios lugares de la rama. Pídale a los niños que pinten racimos de uvas con las puntitas de sus dedos mojadas en pintura dactilar violeta. Cuando terminen su dibujo, pueden escribir: Jesús dice, “Yo soy la vid” en la parte inferior de la obra de arte.
CANTANDO CON LINTERNAS DE MANOS: De ser posible, provéale una linterna de manos a cada niño. Apegue las luces del salón y pídale a los niños que prendan sus linternas y que iluminen el techo mientras cantan ESTA LUCESITA. Después de cantar, deje que los niños dibujen o coloreen una vela con su candelabro y una llama amarilla y escriba ¡DOY FRUTO CUANDO PERMITO QUE MI LUZ BRILLE! Si tienen tiempo, los niños pueden recortar la vela con su candelabro y la llama y pegarla en un papel de construcción.
MERIENDA DE CARRO DE MANZANA Y UVAS: Corte manzanas en rebanadas (el carro) y póngale dos palillos de dientes, uno en cada final de la rebanada. Añada una uva al final de los palillos de dientes para que hacer las cuatro ruedas del carro. (Presione aquí) Pueden añadirle una salsa de frutas para hacerlo más gustoso.