1 ago. 2013

CUENTO : EL AVARO QUE PERDIO SU TESORO

EVANGELIO DE Lc 12,13-21:Uno de la multitud le dijo: "Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia".
Jesús le respondió: "Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?".
Después les dijo: "Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas".
Les dijo entonces una parábola: "Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho,
y se preguntaba a sí mismo: '¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha'.
Después pensó: 'Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,
y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida'.
Pero Dios le dijo: 'Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?'.
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios".


Col 3, 1-5.9-11 ● “Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”.

CUENTO :El avaro que perdió su tesoro .
Había una vez un hombre muy avaro. Recogía el dinero y lo guardaba inmediatamente, sin gastarlo para nada. Ni comía bien, ni vestía decentemente.
 Su mayor ambición era tener mucho dinero para guardarlo. En cuanto tuvo una buena cantidad, pensó en esconderlo bajo tierra para que nadie se lo pudiera  robar.

Al fin se dirigió a un bosque y lo enterró bajo un árbol, alejándose luego de allí, contento de pensar que nadie sabía dónde se hallaba su tesoro y, por tanto, no se lo podrían arrebatar.

Pero en contra de lo que creía, el hombre no vivía tranquilo. No comía ni dormía pensando siempre si el dinero estaba bastante seguro enterrado en aquel lugar. Cada día iba al bosque y allí se aseguraba de que el tesoro seguía en sus sitio. Tantas veces fue y volvió del bosque que un campesino que vivía por los alrededores se sintió picado por la curiosidad.

Observó con atención lo que hacía el avaro y, cuando éste se fue, salió de su escondite y con una pala cavó una fosa encontrando allí una gran cantidad de dinero. Sin decir nada, lo cogió y se llevó no volviendo nadie a saber más de él.

A la mañana siguiente, el avaro volvió al bosque y se dio cuenta de que alguien le había robado. El pobre hombre comenzó a llorar y a desesperarse quejándose de su desgracia. Tanto tanto lloraba que llamó la atención de un hombre que pasaba por allí.

- ¿Qué ocurre buen hombre? – le preguntó el caminante.

- ¡Me han robado mi dinero!, ¡Todo lo que poseía!

- ¿Quién os ha robado?

- ¡No lo sé, para mi desgracia!

- ¿Dónde estaba el dinero?

- Enterrado aquí mismo. Ved la zanja que han abierto para llevárselo.

- ¿Y cómo es que lo teníais enterrado? más cómodo era tenerlo en casa y así lo teníais más a mano para usarlo.

- Yo no lo usaba. ¡Jamás lo tocaba!

- Entonces poned una piedra en su lugar! Si no lo usabais ¿por qué os afligís? Una piedra será para vos tan valiosa como el dinero.

Y el caminante se alejó tranquilamente.

MORALEJA: La avaricia hace desgraciados a los hombres.
 

Pecado capital Avaricia: preocuparnos mucho por tener bienes y dinero.

La parábola del rico insensanto - Compartir

  Ricardo Stirparo y Horacio Prado 

«No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí  donde esté tu tesoro, estará también tu corazón»Mt 6, 19-21

 La Palabra de Dios nos enseña que los bienes no son para acumular, sino para compartir. El anhelo de Jesús es que vivamos en comunión, como hermanos. Y esa comunión también toca nuestros bienes. El amor de Dios se hace visible entre nosotros en el compartir la vida y las cosa que administramos. El compartir los bienes con los demás, es un signo contundente de la presencia de Dios en nuestras vidas. Nuestra opción por Dios, que es amor y comunión, nos lleva buscar vivir la comunión de bienes y a denunciar el afán de tener, de acumular y de dominar. ¿Con qué gestos concretos podemos construir y favorecer una economía fraterna, basada en los valores de la caridad, la unidad, la solidaridad y la comunicación de los bienes? Nuestra opción por vivir el Evangelio implica también una opción de comunión con los más desfavorecidos, con los olvidados y excluidos de la sociedad. La propuesta de este encuentro es que juntos dejemos que la Palabra de Dios nos enseñe que sólo en el compartir realizamos y hacemos plena la vida.

 Primer momento: Motivación

Para  introducir el tema, trabajaremos en pequeños grupos con un listado de frases que expresan distintas ideas acerca del dinero y nuestra relación con él. Luego de leer las frases iniciaremos un diálogo para analizarlas, guiados por las siguientes preguntas: 

·        Analizar cada una de las frases.
·        ¿Qué valores o antivalores encierra cada una?
·        Agrupar aquellas con las que acordamos y aquellas con las que no.
·        Elegir una o dos que mejor expresen cómo se vive la relación con los bienes en nuestra cultura.
·        ¿Nos sentimos identificados con alguna? ¿Con cuál? ¿Por qué?
·        Elaborar una nueva frase, que sea expresión de la propuesta del Evangelio en relación a los bienes.
Frases
- Dime cuánto dinero tienes… y te diré cuánto vales…
- El dinero no es nada, pero mucho dinero es otra cosa.
- No es más rico el que más tiene más, sino el que menos necesita.
- Hay gente tan sumamente pobre, que sólo tiene dinero.
- El dinero solo trae problemas, por eso los animo a que me lo den.
- ¿Quieres ser rico? Entonces no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia.
- Mi sueño es tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres.
- Quien cree que el dinero lo hace todo, termina haciendo todo por dinero.
- El que no considera  lo que tiene como riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo.
- El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para ver la diferencia.
- Llevo dentro de mí mismo un peso agobiante: el peso de las riquezas que no he dado a los demás.
- ¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!
- Algún dinero evita preocupaciones; mucho las atrae.
- En la vida hay que escoger entre ganar dinero o gastarlo. No hay tiempo suficiente para ambas cosas.
- La riqueza es como el agua salada: cuanto más se bebe, más sed da.
- Muchas veces, el dinero lo compramos demasiado caro.
- Los avaros son como las abejas, trabajan como si fueran a vivir eternamente.
- El dinero es un buen siervo, pero un mal amo.
- Lo que tengo, cuando lo doy, se convierte en lo que soy.
- Todo necio confunde valor y precio.
Puesta en común y conclusiones. 

Segundo momento: Anuncio de la Palabra y trabajo grupal

Lectura de Lc 12, 16-21 («Parábola del rico insensato»). 


Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: ¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha. Después pensó: Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,  y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.  Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?». Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

Luego se dialoga con el grupo sobre el mensaje de esta lectura y se van escribiendo en un afiche las palabras clave: avaricia, egosimo, insensatez, riqueza… El coordinador remarca las ideas que considera centrales e invita a buscar qué valores estuvieron ausentes en esta situación: generosidad, compartir, solidaridad, pensar en los demás…

Se propone trabajar en grupos para elaborar y escribir una parábola con el mismo mensaje del rico insensato pero con personajes y situaciones de la actualidad. Se termina este momento grupal con una puesta en común y el cometario de las parábolas. 

3º momento:  Reflexión personal
Después de haber profundizado sobre el mensaje del texto y de recrearlo en los grupos, se propone un momento de reflexión personal guiados con la siguiente ficha:
¿Qué cosas poseo?
¿De qué está lleno el granero de mi vida?
¿Qué otras cosas quisiera tener?
¿Qué cosas no comparto con nadie?
¿Qué cosas me animo a compartir con mis amigos, mi familia?
¿Qué cosas puedo compartir con todos?
¿Qué significan para mí, las cosas que me cuesta compartir?
¿Cuáles son mis temores?
¿Qué experiencias positivas tuve de compartir mis bienes?
¿Cuáles fueron negativas y cómo influyeron en mí?

 Para la puesta en común se reúnen en pequeños grupos para que haya más confianza en el diálogo.
4º momento:  Oración

Para iluminar el momento de la oración se puede leer un testimonio de madre Teresa de Calcuta y e invitar a orar espontáneamente pidiendo al Señor que nos enseñe a amar de este modo. 

Ese niño me enseñó a amar. Cierta vez, en el hogar de Calcuta, no teníamos azúcar para los niños. Un vecinito, de cuatro años, escuchó decir que la madre Teresa se había quedado sin azúcar. Fue a su casa y dijo a sus padres que no comería azúcar durante tres días para dársela a madre Teresa. Al cabo de los tres días, sus padres lo trajeron a nuestra casa: entre sus manos tenía una pequeña botella de azúcar; lo que no había comido. Aquel pequeño me enseñó a amar. Lo más importante no es lo que damos sino el amor que ponemos al dar.

Jesús nos advierte acerca del egoísmo y la avaricia. DOMINGO 18- Año C

Objeto: Dos pedazos de pastel, uno grande y uno pequeño.

 Escritura: "¡Tengan cuidado! -advirtió a la gente-. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes" (Lucas 12:15)

¡Hmm, hmm! Miren lo que tengo.  Dos pedazos de pastel.  Si les dejara escoger uno de los dos pedazos para comerselo, ¿cuál escogerían?  Creo que probablemente escogerían el pedazo grande, ¿no es así?  Eso me recuerda una historia sobre un hermano y una hermana llamados Yésica y Guille.

 Un día Yésica y Guille llegaron de la escuela y deseaban comer una merienda.  Su mamá había horneado un pastel durante la semana y había suficiente pastel para que cada uno de ellos pudiera tener un pedazo.  "Comamos un pedazo de pastel", sugirió Guille.  "Traeré el pastel mientras buscas un vaso de leche para cada uno".  Cuando Guille cortó el pastel lo hizo de esta forma: un pedazo más grande que otro. Yésica echó leche en los vasos y se sentó a la mesa.  Guille trajo el pastel y puso el pedazo más pequeño frente a Yésica y tomó el más grande para él.

 "¡Mira lo que has hecho!" gritó Yésica.  "Me diste el pedazo más pequeño y tomaste el grande para tí".

"Bueno, ¿y cómo lo hubieras hecho tú?", preguntó Guille.

 "Si hubiese estado sirviendo", dijo Yésica, "te hubiese dado el pedazo más grande y me hubiese quedado con el más pequeño".

 "Bien, ¿de qué te quejas? ¡Eso fué exactamente lo que hice!"  Guille y Yésica comenzaron a reírse y a comerse su pastel.

 Puede ser que nos dé gracia esta historia, pero la avaricia y el egoísmo  son un asunto muy serio.  Cada día vemos personas que no sólo desean el pedazo más grande del pastel para sí, sino que desean el pastel completo.  Jesús contó una historia de un hombre que era así.

 El hombre en la historia de Jesús era muy rico.  Tenía una finca grande y fértil que producía buenas cosechas.  "¿Qué debo hacer?", se preguntaba.  "He tenido una cosecha tan grande que no tengo espacio en mis graneros para guardarla toda".

 ¿Qué creen que hizo el hombre? Él pudo haber compartido de lo que tenía con los que no tenían lo suficiente.  ¿Crees que eso es lo que hizo el hombre? No, en lugar de eso dijo: "Sé lo que voy a hacer.  Derrumbaré mis graneros y construiré otros más grandes.  Entonces me diré: 'Tienes suficiente de todo.  Disfrútalo. Come, bebe y goza'".

 Dios le dijo a este hombre rico: "¡Tonto! Morirás esta noche.  Entonces, ¿quién heredará todo esto?"

 Dios es bueno y nos ha dado la gran mayoría de las cosas que necesitamos.  La pregunta es, ¿qué haremos con lo que Dios nos ha dado?  ¿Lo compartiremos con otros que no tienen tanto como nosotros, o nos lo quedaremos  nosotros?  Recuerda la advertencia que dió Jesús a los que le escucharon. "¡Tengan cuidado!  Absténganse de toda avaricia".

 Padre, a  la gran mayoría de nosotros nos has bendecido con más de lo que necesitamos.  Ayúdanos a ser generosos y a compartir con aquellos que no tengan tanto.  Amén.

 

Lucas 12:13-21

GRÁFICA CIRCULAR: La maestra tendrá un círculo dividido en pedazos (como de un pastel cortado y listo para comer) hechos en papel de construcción. Los niños cogerán los pedazos y los pegarán en otro papel de construcción. En cada "pedazo de pastel" dibujarán o escribirán las maneras en que demuestran la generosidad de sus vidas. Discuta la idea de darle a otro algo que le pertenece a ellos y ¡anime a los niños a llevar a cabo este acto de generosidad en esta semana!

 

COMPARTIENDO CON OTROS: La maestra tendrá una bolsita de diferentes artículos (jueguitos, dulcesitos, libretitas, etc.) para darle a cada niño al final de la clase. Anime a los niños a compartir esos artículos con otras personas de la iglesia antes de que termine el servicio, o si un niño tiene alguien en su casa o su vecindario con el cual desee compartir sus artículos, permítales hacerlo. La maestra pudiera tener otra bolsita de dulcesitos, galletitas, lápices, goma de mascar, juguetitos o cualquier otra cosa que se consiga en una librería cristiana para que cada niño pueda tenerla para sí.

 

MANOS QUE COMPARTEN: Pídale a los niños que tracen sus manos y recorten 8 "manos". Escribirán en el medio de un plato de papel "MANOS QUE COMPARTEN" y peguen las 8 manos alrededor del plato. Luego le pondrán una cinta para poder colgar el plato en una pared. Discuta lo que manos que comparten pueden hacer generosamente.

 

COMPARTIENDO UNA BIBLIA DE JABÓN: Dele una barra de jabón a cada niño y péguenle fieltro a la barra de jabón para que parezca como una Biblia. Pueden pegarle cinta alrededor de 3 lados del jabón para que luzca como las orillas o páginas de la Biblia. Escriba la palabra BIBLIA en la parte del frente usando pega con brillito, letras de poliuretano (foam) o marcadores. ¡Esta Biblia puede ser compartida con alguna persona! Un versículo bíblico puede ser pegado en la parte de atrás de la Biblia, si desea.

 

COSAS QUE NOS HACEN SER AVAROS: Dele un papel de estraza de aproximadamente 18 pulgadas (45.7 cm) a cada niño. En la parte superios deberán escribir, o se le puede dar para que ellos peguen, el versículo de Lucas 12:15 ("¡Tengan cuidado! Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes"). Provéale también revistas para que busquen fotos o dibujos de cosas que hacen que ellos sean avaros en el compartir con otros, pero que a la vez, no sean necesarios para ser felices. Decoren su papel con marcadores en colores. Péguelo en la pared. Puede hacer ésto un proyecto de clase haciendo el papel original más largo y permitiendo que todos los niños trabajen en el banderín.

MEDITACION PARA LC 12,13-21

LC 12,13-21
1. Dos actitudes de la sociedad

"Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad" (Ecl 1,2). El autor de esta frase bíblica es un judío profundamente pesimista que, al repasar todos los aspectos de la vida humana, siempre encuentra limitación, engaño o desgracia. ¿De qué sirve todo lo que hacemos?, ¿no es la vida humana un intento inútil?, ¿se puede conseguir la felicidad?

La parábola del rico necio nos presenta una actitud muy distinta: la de un hombre seguro de sí mismo, que cree que su felicidad se identifica con lo que hace y tiene.

Son dos actitudes distintas, pero igualmente comunes en el corazón humano. ¿No somos una curiosa mezcla de estas dos posturas? Por una parte, autosuficientes y seguros, como si la felicidad fuera algo que podemos comprar y asegurar por nosotros mismos; por otra, pesimistas y desengañados, como si nada valiera la pena y la vida careciera de sentido. También nuestra sociedad de consumo y de la técnica parece una mezcla de estas dos actitudes: quiere infundirnos seguridad y confianza, como si tuviera la fórmula de la felicidad -idea repetida machaconamente en los anuncios de la televisión-, a la vez que se palpa en ella la inquietud y el desconcierto, la falta de rumbo y de sentido a la vida, su caminar de crisis en crisis.

¿Hay una respuesta cristiana a todo esto? La actitud de Jesús no es la del pesimista: su mensaje es anuncio de una "gran alegría para todo el pueblo" (Lc 2,10); tampoco la del hombre seguro de sí mismo: la crítica que hace de él es total. ¿Será la suya una especie de actitud intermedia? No; ésta será una respetable actitud humana, no sé si realizable, pero no es la actitud de Jesús ni debe ser la del cristiano.

La respuesta cristiana es "caminar", abrirnos a la vida de Dios manifestada en Jesús, ahondar en sus planteamientos. La respuesta cristiana definitiva está siempre "más allá".

2. La riqueza acumulada es pecado

Las palabras que dirige Jesús a los ricos y a los que están saciados deberían resonar como un mazazo en nuestra civilización de consumo, en nuestra economía del lujo, en nuestra locura de producir sin haber determinado previamente qué hombre, qué sociedad y qué clase de vida queremos construir o estamos construyendo.

El problema del mundo moderno, como el problema del rico, no es que no posea bienes, sino que no sabe usarlos ni distribuirlos bien, no sabe someterlos a su servicio, no hace que sirvan a todos los demás, no acierta a destruir todo lo que está hipotecando el futuro humano.

La riqueza acumulada -por individuos o naciones es un pecado social gravísimo: esa riqueza que uno guarda para sí solamente, esa riqueza que nos convierte en sus esclavos, esa riqueza que impide que los demás tengan lo necesario para vivir con dignidad. Carecer de los bienes imprescindibles para una vida humana digna es un estado lamentable, del que hemos de guardarnos y preservar a los demás, porque crea en los que lo padecen una preocupación, un tormento, una esclavitud, que les impiden ser libres y ponerse a disposición de los demás. Tener demasiados bienes es también una preocupación y una esclavitud, del mismo estilo que la anterior, de la que nos debemos liberar y ayudar a los demás a liberarse.

El rico necio no es aquel que tiene las manos llenas, porque se pueden tener llenas y abiertas: ¡pronto quedarán vacías! Ni el pobre verdadero es el que tiene las manos vacías, porque las puede tener vacías y cerradas. Pobre, según la primera bienaventuranza de Jesús, es el que tiene las manos abiertas, tanto si están llenas como si están vacías; es el que lo espera todo, lo da todo, lo recibe todo..., y así vive en los que ama y le aman. No nos debe preocupar si tenemos mucho o poco, siempre que tengamos lo necesario. Lo único decisivo es saber si lo estamos compartiendo. Si los bienes que tenemos los estamos compartiendo, somos pobres de espíritu y no tardaremos mucho en serlo de bienes materiales. Si nos atrincheramos en ellos y los guardamos, somos ricos necios.

3. "Dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia"

Este pasaje es propio de Lucas. Nos narra un caso real sobre una herencia y una parábola que generaliza el hecho.

El apego a las riquezas y el afán de lucro es un tema que Lucas trata con insistencia, sin que esté ausente de los demás evangelistas. Subraya constantemente el peligro que entrañan para la vida de fe y para la comunidad cristiana.

¿Por qué esta insistencia? Seguramente porque el afán desmedido de poseer estaba poniendo en peligro la unidad de la comunidad, el amor fraterno y la vivencia de la espiritualidad evangélica. Peligro presente en todas las épocas de la Iglesia.

A la vez, insistía en la pobreza y el desprendimiento radicales como único camino válido para un discípulo de Jesús.

Las palabras de Jesús sobre el afán de riquezas están motivadas por la petición, hecha probablemente por el menor de dos hermanos, a que intervenga ante su hermano mayor para que le dé la parte que le corresponde de la herencia. Como el derecho a la herencia estaba regulado por la ley mosaica, que favorecía notablemente a los primogénitos, era frecuente acudir a los rabinos para que hicieran de árbitros.

En este caso parece que el hermano mayor no quiere entregarle su parte. El hombre acude a Jesús, al que trata como doctor de la ley, para que ejerza su influencia sobre su hermano injusto.

Jesús rechaza este papel de mediador. Es natural: la vida humana transcurre frecuentemente por caminos distintos a los suyos. Los bienes, las riquezas en general, no son para el hombre la fuente de su vida. Por eso, para Jesús eran cuestiones muy secundarias. ¿Para qué defender un egoísmo de otro? El afán de riquezas era el verdadero motivo del conflicto que querían que Jesús resolviera. De ahí las palabras que dirigió a continuación a la gente, invitándola a guardarse "de toda clase de codicia".

Son los valores del reino de Dios los que mueven a Jesús a actuar y son los que deben mover a la Iglesia. Su negativa no debe interpretarse como si las cuestiones económicas y sociales no tuvieran ninguna relación con el reino de Dios, pero sí que es inútil resolverlas desde una óptica individualista o pretendiendo que la autoridad religiosa asuma unas funciones que corresponden a la autoridad civil. El mensaje de Jesús fundamenta una verdadera ética social, pero no es un código para resolver cada caso particular ni para establecer un determinado orden temporal en la sociedad. No se puede invocar el evangelio en favor de un determinado modelo de sociedad, porque ninguno agotará sus posibilidades.

El olvido de tan elemental principio ha llevado a la Iglesia a enfrentamientos innecesarios con las autoridades civiles. Su misión es explicar a los cristianos el sentido del evangelio y su relación con lo temporal, sin pretender dar una solución definitiva, pero sí defendiendo siempre los derechos de los marginados y explotados de la sociedad.

Plantear a Jesús problemas de herencias es no entender nada de su mensaje. Ni en los casos en que las riquezas fueran bien adquiridas, como fruto del esfuerzo personal o de la suerte. La cuestión es siempre la misma: no son un bien definitivo, para siempre. ¡Cuántas divisiones y enfrentamientos se producen por cuestiones de dinero y de herencias! Incluso entre hermanos, como vemos en este pasaje. El afán de dinero es una idolatría, a la que sacrificamos todo: hermanos, amigos, el buen entendimiento entre los hombres y entre las naciones. Se lo sacrificamos todo como si fuera un absoluto, como si dependiese de él la felicidad y el sentido de nuestra vida.

4. Todos los bienes temporales son relativos

"Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes". Todos los bienes temporales son relativos, transitorios, no producen la felicidad a que puede aspirar el corazón humano. Las riquezas no salvan de un cáncer o de un infarto; siempre quedan más acá de la muerte.

Además, traen con frecuencia desazones, ambiciones, falsas seguridades que nos atan a la tierra, que nos impiden ser nosotros mismos, que nos convierten en esclavos y nos dejan con las manos vacías a la hora de la verdad.

El afán de riquezas no queda limitado por el deseo de poseer bienes materiales; incluye también todo lo que no es definitivo o escatológico: la cultura, el prestigio personal, el bienestar, las diversiones... Todas estas realidades hemos de verlas en función de "los bienes de allá arriba, donde está Cristo" (Col 3,1). No pueden impedirnos responder a las llamadas de Dios.

El desprestigio del afán de riquezas nace de la experiencia cotidiana, accesible a la mirada más simple: la colosal desproporción que existe entre el trabajo que ponen los hombres por poseer muchas cosas y el hecho de que esos bienes no sirven en absoluto más allá de esta vida. De esa forma, el hombre pasa casi toda su existencia acumulando unos bienes que, en definitiva, no le sirven para nada.

La espera de la vida futura no puede alejarnos de las responsabilidades presentes. Pero sí empujarnos a dar a cada cosa su verdadero valor. Y las riquezas, que deberían aliviar la vida, son normalmente causa de su ruina al desviarnos de la verdadera dirección. Hemos de reconocer que la relación existente entre el afán de riquezas y el evangelio de Jesús es nula. A una sociedad como la nuestra, apasionada por los bienes materiales y el confort, que ni siquiera deja indiferentes a los más fogosos contestatarios de la sociedad de consumo, ávida de loterías y quinielas, lo único que podrá equilibrarla y darle ese sentido que necesita es el redescubrimiento del destino verdadero del hombre. Un destino que está en Dios, en todo lo que él significa para el hombre.

5. La parábola

La parábola del rico necio explica la idea de Jesús sobre la verdadera riqueza del hombre, sobre qué debe poner su afán. El protagonista es un rico agricultor que expresa su pensamiento y el modo de situarse ante la vida. Es un hombre rico al que todo le sale bien, que está seguro de sí mismo, de lo que posee, y que se promete una vida larga y feliz. Un hombre que se dispone a gozar sin tener en cuenta ningún otro valor ni finalidad en su vida, que entiende únicamente como confort, prescindiendo de Dios y de los demás. No hay en él ningún pensamiento generoso, de altruismo, de ayuda a los demás. En su reflexión repite hasta catorce veces palabras que expresan su egocentrismo y soledad.

"Túmbate, come, bebe y date buena vida". Este hombre es un egoísta que necesita llenar su tiempo y su espacio, pero no se le ocurre más que llenarlo de propiedad privada. No piensa en los otros: obreros, vecinos... Más que poseer riquezas, éstas le poseen a él. Puede tener la apariencia de un hombre emprendedor, que crea puestos de trabajo: "Derribaré los graneros y construiré otros más grandes"; pero, en realidad, sólo monta estructuras a su servicio personal. No crea esquemas económicos que favorezcan a los desposeídos; no hace historia humana, sólo acapara.

¿Qué hacer con un hombre así en el mundo a que aspira Jesús?, ¿qué sentido tendrá su vida? Nadie podrá reconocerlo como hermano, porque no se preocupó de nadie. Jesús ataca esta manía enfermiza de asegurarse la vida material individualmente o por clanes familiares. Hay que buscar los medios económicos necesarios para una vida humana digna, pero comunitariamente y para el conjunto de la humanidad. Parece evidente que no se puede servir a Dios y a los intereses de las grandes empresas industriales, bancarias o latifundistas privadas. Ni a las modernas multinacionales.

Hay que trabajar por una sociedad fraternal sin propiedad privada privante. Todo lo demás vendrá solo, lo traerá la auténtica fraternidad.

Jesús no ve posible que un hombre cambie su corazón sin cambiar su relación con el dinero y con todo lo que éste representa. Cambio que implica una profunda transformación en las estructuras sociales, políticas y económicas. Cambio necesario para poder entender los verdaderos problemas del mundo. Cambio que exige dejar de defender los intereses privados, las propias conveniencias y seguridades.

Dios interviene en el monólogo del rico: también él tiene algo que decir en la vida del hombre. El proyecto del rico no tiene futuro verdadero. Todo aquel que convierte la finalidad de su vida en amontonar riquezas es un necio, porque los hombres estamos llamados al encuentro con Dios, a vivir para siempre en su reino del compartir. Todos los bienes del hombre son muy secundarios: son medios para la vida, nunca fines. La verdadera riqueza y el afán de todo hombre bien nacido no puede ser otro que ser "rico ante Dios".

"Esta noche te van a exigir la vida". La vida es mía, pensamos; puedo hacer con ella lo que quiera. Y lo hacemos. Pero se nos escapa inexorablemente de las manos, se nos escurre con el paso de los días. La vida no es objeto de dominio como los bienes de la tierra; por eso tenemos que apoyarnos en otras cosas. ¿Qué queda de nuestra niñez, de nuestra juventud, de la plenitud de nuestras fuerzas... cuando nos vamos adentrando en la vejez? De poco nos valdrá hacer grandes proyectos volcados exclusivamente en la acumulación de riquezas, de honores, de poder..., si cuando nos llegue la hora decisiva nos encontramos vacíos de Dios y de nosotros mismos.

Deberíamos, a la luz de esta parábola, echar una mirada en profundidad a nuestra vida entera. ¿Qué bienes estamos acumulando?: ¿dinero -o cosas que se pueden comprar con él- o una vida entregada a un noble ideal? Las cosas que verdaderamente valen la pena no pueden comprarse con dinero.

6. Dos tipos de riqueza

Nos gusta ver a los niños jugando, divirtiéndose en su mundo de fantasías; son felices con lo que tienen y viven. Pero es muy triste que los adultos nos encerremos voluntariamente en un mundo que absolutiza lo que sólo es relativo. ¿No es así como vivimos? Esto es lo que significa "amasar riquezas para sí y no ser rico ante Dios".

Jesús contrapone dos tipos de riqueza: la que se transforma en objetivo final del hombre, alienándolo y embruteciéndolo, y la que el hombre pone al servicio del espíritu. La primera se cierra sobre el hombre; la segunda abre su vida al misterio, más allá de la frontera de la muerte, a la plenitud para siempre, a la vida con Dios y con todos los demás en su reino. "Es rico ante Dios" el desprendido, el que ha convertido su vida en un don para los otros, el que pone al servicio de los demás todo lo que es y todo lo que tiene.

El presente texto evangélico nos ha mostrado tres maneras distintas de tomarse la vida: el que espera que los demás le solucionen todos sus problemas, sin hacer nada de su parte y sin ningún tipo de responsabilidad personal; el que no confía en nadie, sino sólo en los bienes materiales; y el que convierte toda su vida en servicio y solidaridad con los demás. ¿Qué deberíamos hacer los cristianos para que los bienes materiales, culturales, artísticos, científicos... fueran un bien para toda la humanidad y estuvieran al servicio de cada hombre? Si sacáramos todas las consecuencias de este relato, tendríamos motivos suficientes para confiar en la proyección humana del evangelio y para iniciar el cambio que nuestra sociedad está necesitando. Fue quizá la proyección humana que Jesús dio a su mensaje la causa principal de su asesinato.

(Aporte de FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ, ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET – 2  PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 182-189)

 

 

IMAGENES PARA LC 12,13-21 PARABOLA DEL RICO AVARO